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Marianella Ciompi: “Cuando uno logra aceptar el defecto del hijo, entonces está en condiciones de ayudarlo”

Cuando aparecen las enfermedades, las personas nos ponemos a trabajar en la cura. Y yendo a un plano más amplio, cuando aparecen los problemas propios de un tiempo de la historia, automáticamente empiezan a aparecer soluciones o prácticas reparadoras.

La vertiginosidad con la que estamos viviendo, hace que para compensar ese ritmo, la relajación, el mindfulness, el yoga, y todo lo que nos invite a PARAR se hayan puesto de moda. El término “consciencia” se reivindica porque necesitamos conectar y dejar de vivir en piloto automático -empujados por la locura colectiva- para darle sentido a lo que hacemos.

Así surge la paternidad consciente, de la que hablamos con la Psicóloga Marianella Ciompi en esta charla.

¿Qué es la paternidad consciente?

La paternidad consciente es un camino, una forma específica de recorrer la paternidad que hace que le dediquemos tiempo a buscar adentro nuestro recursos para ver cómo vamos a educar a nuestros hijos, a cada uno de ellos, porque lo que nos funciona con un hijo puede no ser bueno para el otro. Y para darnos cuenta de estas diferencias hay que bajar revoluciones y conectar.

Me encanta que la palabra “consciente” se haya puesto de moda, concepto que viene de la mano del movimiento “slow”. Para saber dónde poner foco, atención, afecto, hace falta parar. Elegir desde un lugar consciente a qué tengo que dedicarle tiempo. Saber que somos papás de fulanito de tal, que tiene tal edad, determinadas características que lo hacen único, etc.

Para conectar emocionalmente con nuestro hijo primero debemos hacerlo con nosotros mismos; es algo que nos cuesta porque tenemos poco tiempo. La paternidad consciente -justamente- viene a mostrarnos que nos está pasando el agua por arriba. Ésta requiere otros tiempos. Requiere un cambio de perspectiva, donde empezamos a cultivar más el ser que el hacer. En el mundo empresarial uno ve los resultados de acá al fin de semana, hace una evaluación a fin de mes y puede saber cómo viene la cosa, con la paternidad en cambio no existe esa posibilidad, no se puede medir.

¿Cómo podemos llegar a vincularnos con nuestro ser para lograr una mejor conexión interpersonal?

Primero que nada teniendo espacios para uno mismo, no en el sentido egoísta sino con el fin de ser mejores para uno y los demás. Haciendo “rituales de higiene”, como digo yo; el sueño por ejemplo hay que cuidarlo, quien está mal dormido al otro día no piensa ni disfruta de su trabajo ni de la crianza; el uso de los dispositivos tiene que ver con este “mal dormir”. Como segundo punto a considerar, se encuentran las actividades de disfrute. No por ser padres tenemos que perder estas cosas que nos hacen bien. Diez minutos de lectura, una buena caminata, pintar, deberíamos tener en la cabeza ese ratito destinado a hacer cosas que nos gustan. Y otro punto que es necesario preguntarnos para conectar es: ¿qué idea tengo del hijo que quiero formar? Siempre tengo al real del otro lado, claro, pero es importante preguntarnos a qué puerto quiero ir con ese hijo real, debería estar en nuestra cabeza, en nuestro corazón, porque entonces voy a mirar a mi hijo desde otro lugar, lo voy a corregir con un propósito más ambicioso, porque sé hacia donde voy. Trabajar en qué camino quiero para cada hijo también debería estar en nuestro plan de tiempo disponible.

Dijiste que no somos los mismos padres con los diferentes hijos… ¿Cómo podemos lograr esa flexibilidad para sacar lo mejor de cada uno?

Lo primero a tener en cuenta es que todos sentimos a nuestros hijos especiales, y lo cierto es que todos lo son. Todos somos únicos. Esa gran verdad que tenemos como raza humana, es así, nadie se repite. Y es algo que tenemos que potenciar en nuestros hijos de manera adecuada.

Hace poco vi una entrevista que hablaba de los millenials, donde ponían sobre la mesa la preocupación real que existe cuando éstos llegan al ámbito laboral. Se creen “especiales” porque sus papás se lo han dicho hasta el cansancio. Pero esa visión de “especial” los hace chocarse con una fuerte realidad en el mundo laboral; allí nadie es “especial”. Uno se puede ganar un lugar de acuerdo a cómo trabaja pero no por ser “único”, en el sentido a como se lo dijeron en casa; es una gran frustración darse cuenta que nadie los trata como sus padres. Y acá tenemos un dilema, ¿cómo hacemos para fomentar lo único que es cada uno sin caer en ese sentirse “especial”? Debemos evitar tratarlos con esa melosidad que hay en el ambiente. Siento que hemos confundido el ser híper cariñosos -que nunca va estar mal-, con esa cosa melosa donde en el fondo se esconde la sobreprotección, el temor a que no puedan soportar las frustraciones, el miedo a que alguien los hiera. Entonces para cuidarlos les decimos cosas que no son reales.

Uno a los hijos los tiene que educar en la resiliencia. Y para ello hay que conocer y aceptar sus fortalezas y debilidades. Y en esto los papás debemos crecer un montón, a no tener miedo a hacerle ver el defecto al hijo, a no querer disimulárselo que es como una tendencia actual. Hijos perfectos no tenemos ninguno, todos tenemos hijos normales, con defectos, problemas, cosas que nos dan trabajo, que nos preocupan. Cuando uno logra aceptar el defecto del hijo, entonces está en condiciones de ayudarlo. Por eso este camino de la aceptación es un trecho importantísimo de recorrer. Para poder enseñar también que no es dramático equivocarse, lo que es malo es no darse cuenta. Cuando un hijo tapa un defecto es porque papá o mamá no se lo habilitan. Entonces desde el realismo uno los puede ayudar y encaminar mejor. También les reconocemos sus fortalezas, por supuesto. Para que la autoestima sea realista nuestros hijos tienen que saber en qué son buenos y en qué no.

¿Y cómo podemos decirles la verdad sin dañar su autoestima?

Cuando nos muestran algo que hicieron, por ejemplo, podemos decirles cosas realistas y descriptivas, como: “qué lindos colores usaste”, “notaste cuánto tiempo te pudiste mantener sentado y concentrado” o “¡qué bien parado estabas cuando hiciste el gol!”, “¿te diste cuenta que siempre sos el que está dispuesto a ayudar cuando pido una mano?”. Sin exagerarles, decirles la verdad. No es conveniente usar expresiones genéricas del tipo: “qué genio que sos”, “qué campeón”, “sos el mejor”, no es que esté mal pero no le estamos dando información real sobre sí mismo. Debemos ser artesanos de su autoestima, darles información concreta, que puedan repetir, que se sientan mirados, atendidos, observados. A veces, por usar expresiones genéricas, terminamos reduciendo la motivación. Hay chicos que se sienten exigidos a ser siempre geniales, por eso nuestro reforzamiento debe estar en el esfuerzo, para que se animen a ir a más. Describirles la conducta a los hijos es para ellos un mensaje directo de “te atendí y aquí estoy para ti”.

Por Federica Cash

Talleres de paternidad consciente a cargo de Marianella: *Miércoles 12/6 (Atención y presencia en tus vínculos). *Miércoles 19/6 (Aceptación y validación). Por más info. comunicarse al mail: marianellaciompi@gmail.com

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