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10 cosas que aprendí de mis hijas

Entre las dos y las tres de la tarde, unos pajaritos revolotean en la ventana de la cocina. Los escucho, cantan. Creo que siempre lo hicieron, pero hace pocos días que presto atención. “Shhh, ¡escuchen!” les digo a Alfo y a Fran. Miran atentas hacia la ventana pero no hay nada. “No miren, ¡escuchen!”, insisto. Se acercan despacito, con las manos en las orejas como queriendo agudizar el oído y logran escuchar el alboroto. “¿Nos cantan a nosotras, má?”. Me río. Por dentro, me regocijo del descubrimiento y de haberlo compartido.

Desde que nos mudamos y podemos ver el mar también buscamos adjetivos para el agua cada mañana. “¿Cómo está el mar hoy?”. Mi pregunta abre el juego mientras la chiquita de tres años apenas puede abrir los ojos ante tanta luz y la grande mira con cara de “no me molestes tan temprano”. “¡Está picado!” dice Fran que mira con medio ojo abierto. “¡No! Está con olas”, pelea la mayor. Y yo lo disfruto. Las disfruto.

Estos días vengo con una idea rondando en la cabeza. Creo que los años me han ayudado a vivir mejor y que son mis hijas quienes empujaron ese cambio. Sé que puede sonar raro decir que el tiempo me vino bien cuando todas sabemos que la piel se arruga, el pelo se afina (¡o se cae!….bueno, todo se cae) y, que pos 30 y un par de hijos arriba, no importa el training que tengamos, una trasnochada nos cuesta una semana. Pienso igual que los años nos acercan a experimentar la vida con mayor intensidad y que hoy, a mis 37 años, mis hijas  me están enseñando a vivir más fuerte.

No es este el lugar para ahondar en conceptos filosóficos pero esto me hizo acordar a un texto que leí de Nietzsche hace años y ahora resignifiqué. Él habla de “Los tres estados del espíritu”. Afirma que en su evolución, el humano pasa de niño a camello, de camello a león y finalmente de león a niño otra vez.

Tiene sentido. Disfrutamos la infancia y a medida que crecemos nos vamos transformando en camellos. Cargamos. Nos cargamos con el deber ser, de mandatos culturales, sociales, heredados; estudiamos, nos casamos, trabajamos, tenemos hijos. Cuando hicimos todo lo que “debíamos” hacer, entonces nos transformamos en “león”, y nos dedicamos a resistir con fuerza todo lo que nos amenaza, nos endurecemos, gruñimos y mostramos los dientes. Hay que sostener lo logrado.

Si pudimos tomar los aprendizajes de las etapas anteriores, entonces llegamos a la mejor: volvemos al origen y entendemos que los niños son grandes maestros. A los 30, a los 50 o a los 80. Cuando toque. Ellos saben vivir livianos, se ríen más que nosotros, juegan a diario, aún se asombran –con los pajaritos de la ventana-, se guían más por cómo se sienten que por lo que les dicen que deben sentir, son más auténticos, llevan consigo la alegría implícita de la libertad… y hay un largo etcétera con el que podría llenar hojas.

Conocí el texto de Nietzsche hace mucho, pero lo sentí de verdad una tarde reciente, tras horas eternas haciendo un gran collage en el living de casa.  Descubrí ahí que si me dispongo a jugar, puedo tocar los momentos y agarrar el tiempo, y la vida se vuelve mucho más rica. Más vívida.

Ayer me puse a tomar nota de algunas cosas que aprendí de mis hijas además del collage. Unas ya están aprendidas, con otras vengo en proceso. Aquí van:

  1. Jugar hace bien. No importa que seamos grandes, alguien dice que en realidad envejecemos cuando dejamos de hacerlo.
  2. El enchastre…también hace bien. Con excepción de las paredes, el resto se lava. Las pinturas de dedo le dan color a la vida (y nos salvan una tarde de lluvia en invierno).
  3. El malhumor se combate con guerra de cosquillas. Rendían hace 40 años y siguen siendo igual de efectivas. Funcionan sin wi-fi.
  4. Mejor vestirse cómodo. Si seguimos las ganas y tenemos tiempo, nunca sabemos en qué aventura terminaremos.
  5. No se necesitan grandes banquetes ni platos gourmet para hacer de una comida algo memorable. Un sándwich de picnic puede ser lo mejor de la vida. Con mayonesa mucho mejor.
  6. La risa trae más risa. Es cuestión de que uno arranque.
  7. Siempre es hoy. Lo dijo Cerati, lo dicen todos (Nietzsche incluido) y nos lo recuerdan los niños porque no viven corriendo detrás del reloj; más bien se pierden en el tiempo cuando están disfrutando –por eso capaz que ríen, juegan y se ensucian sin sentirse limitados-.
  8. La vida se siente más vívida cuando la miramos con los sentimientos y no con la razón. El sentir viene de fábrica. El pensar llega después y lo educa la familia, la sociedad, la cultura. A veces creo que recién estoy empezando a pensar como quiero y no cómo me enseñaron. Estoy empezando a pensar como siento.
  9. Si algo nos gusta, nos gusta. No importa lo que otros piensen o digan. Hay que confiar.
  10. La magia existe.

Por Carolina Anastasiadis

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