Mamáaaaa!
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¿Cómo vencer los traumas que dejan las malas experiencias?

Costa Rica no lleva su nombre por casualidad, sin lugar a dudas es una costa millonaria. Los paisajes sorprenden, los recursos naturales abundan, constituye uno de los espacios de biodiversidad más generosos de nuestra Tierra, y cualquiera que llega es bien recibido por sus cálidas aguas.

En junio de 2014 viajamos con nuestro hijo de año y medio, y nos perdimos por la selva hasta llegar a una playa celeste y paradisíaca llamada Matapalo, en Península de Osa. Si bien está situada sobre el Pacífico Sur, parece estar del lado del Caribe, no solamente por su color turquesa sino también por sus aguas de alta temperatura, que poco tienen que ver con las frías costas pacíficas de Chile o Perú. Calentita y apacible, parece una enorme piscina salpicada por surfistas que llegan de todos lados del mundo persiguiendo la ola perfecta.

Al llegar, supimos que nuestros compatriotas surfistas, los hermanos Madrid, acababan de irse a la playa de Jacó, situada en la región del Pacífico Central del país, persiguiendo la mejor ola que parecía irse hacia allí. Mi marido, amante del surf y de la Naturaleza, estaba en su salsa. Yo sabía que los días que estuviésemos en Matapalo el bebe sería mi responsabilidad porque mi marido -directamente- apagaría por esos días el botón de paternidad.

El tiempo en Matapalo fue inolvidable; con Juanfe, nuestro bebe, paseamos entre la vegetación abundante, rodeados de monos y animales que nunca antes habíamos visto. Por momentos daba la sensación de no poder respirar, la abundancia de árboles y plantas parecían absorber el poco oxígeno que había.

Y uno de esos días decidí bañarme con Juanfe. Aquella piscina natural nos llamaba a disfrutar del agua calentita. Despacito y de la mano, fuimos entrando a la playa que tan tranquila parecía. Y de pronto, no sé ni cuándo ni cómo, apenas tocamos la orilla, nos vimos arrastrados por una fuerza abrumadora que nos empujó y nos revolcó entre piedras y espuma hasta tirarnos a lo más hondo. El padre de Juanfe -con un botón menos apagado de lo que parecía- nos vio desde lejos y llegó enseguida con su tabla a rescatarnos, pálido y asustado como nunca antes lo había visto.

Al salir, el bebe tosió todo lo que tenía que toser y yo permanecí sin entender qué había pasado por un largo rato. Nos costó recomponernos a los tres, pero sabíamos que la suerte había estado de nuestro lado. Aquella piscina divina, aparentemente tranquila y paradisíaca, no era lo que parecía. De hecho, después me enteré que los surfistas que la conocían bien, apenas entraban al agua se subían a sus tablas y empezaban a remar porque la fuerza era tan determinante que las piedras -que no eran chicas- al verse empujadas por el agua, podían llegar a quebrar sus tobillos.

Después de unas horas ya estábamos como nuevos, disfrutando del entorno y de la vida en familia. Sin embargo, para Juanfe, el susto no había terminado allí. Lo comprobamos siete meses después, ya en Uruguay, durante el último verano que fuimos a Playa Verde. Al principio creímos que tenía un mal día, pero después vimos que lo único que pedía era no ir a la playa. Lloraba desde que salíamos hasta que empezaba a escuchar las olas; se nos prendía al cuello como garrapata. Estaba determinado, a la playa no quería ir. No había balde, castillo o helado que lo convenciera. Mi marido, con la paciencia que lo caracteriza, se lo llevaba lejos, le hablaba, trataba de jugar con él, pero no había solución. Le tenía terror, y hoy, a un año del accidente, aún le tiene pánico.

Durante todo el verano nos estuvimos preguntando qué hacer para curar su trauma, cómo ayudarlo para que vuelva a disfrutar de la playa, ¿se lo obliga? ¿se deja de ir? ¿qué se hace?

Como no creo ser la única madre que viva esta situación, consultamos a la psicóloga Rocío Macé para que nos dé algunas pautas de qué hacer para ayudar a vencer los tan frecuentes traumas que aparecen a partir de vivencias desafortunadas.

¿Qué se puede hacer para curar los traumas que puedan surgir?

El miedo es una emoción que en su justa medida nos sirve para cuidarnos, para estar alerta frente a los posibles peligros que podamos enfrentar. Hay ocasiones en las que atravesamos experiencias que generan mucho temor. Por la intensidad de las sensaciones que emergen de dichas vivencias, en general no somos capaces de integrar todo lo sentido.

Al año y medio, el niño siente plenamente cada suceso. Si bien su psiquismo no está pronto para tener plena conciencia de los riesgos reales de la situación, cada una de sus células percibe y graba el miedo profundo de verse en peligro de muerte, al menos por un momento.

Como no es capaz de entender y procesar la información, en general el trauma queda escondido en un rincón, esperando la ocasión para poder desplegarse. Ese despliegue tiene como función la descarga de aquella primera vivencia que quedó guardada.

¿Cómo debemos actuar?

Frente a la siguiente posibilidad de enfrentarse al mar en su inmensidad, el niño desarrolla una conducta que podríamos decir es exagerada frente a los riesgos reales de esa situación. En estos casos recomiendo dejar que salga lo que tenga que salir. Puede llorar, enojarse, gritar, pero quizás busquemos un lugar tranquilo para que esto suceda. Aquí es importante no tenerle miedo a las emociones, al dolor, a que pueda expresar ese ahogo que quedó dentro.

Es posible que en el camino de resolución de este miedo,  deban acompañarlo unos días en ir hasta la duna y mirar el mar de lejos, llegar a la orilla con zapatos como para que entrar al mar no sea una posibilidad. Puede que por mucho tiempo no quiera meterse al agua, pero sí es importante que pueda ir a la playa, jugar con agua, compartir y disfrutar de ese espacio. Cada niño en función de sus tiempos y estructuras, irá sorteando este temor, hasta poder volver al agua. Tal vez necesite entrar sentadito desde la orilla, abrazado a mamá o papá.

¿Hay que insistir o dejar que el miedo se apacigüe con el tiempo? ¿Y si no disminuye?

En condiciones regulares, esto puede suceder unas cuantas veces, pero con algunas sencillas actividades, paciencia y amor se resuelve.

De lo contrario recomiendo consultar particularmente, ya que a veces estas ocasiones permiten que se abran miedos profundos arraigados en el sistema familiar. Esta experiencia no tiene el mismo recorrido, si se asienta en una familia capaz de aprender y seguir adelante, que si lo hace en un sistema con grandes temores, si hubo problemas al nacer y ya se temió por la vida, si en esa familia hubo experiencias de ahogo, muertes recientes, separaciones, etc. Las terapias florales son adecuadas para acompañar estos procesos.

Si el miedo no afloja, hay muchos otros caminos para seguir trabajando.  Si tenemos bañera, podemos jugar con muñecos que representen la historia vivida. Palanganas, baldes o cualquier recipiente son también útiles para este fin. Aprovechar para jugar a ser uno y otro, y jugar también a ser el agua. Mamá y/o papá con voz de agua, jugando por ejemplo a decirle al muñeco que maneja el hijo que son amigos, que es importante aprender a cuidarse pero que lo quiere mucho… Jugar a ahogar un muñeco y que el niño tenga que ayudar a salvarlo. No es necesario explicitar qué se está haciendo. El juego sin más se ofrece como canal liberador y procesador de lo vivido.

Sirven también ponerle humor a la situación. Trabajar sobre lo duro pero también desdramatizar. Ir generando otra memoria que integre y dé paso a nuevas seguridades y confianzas, la risa siempre relaja. Armar un cuento en el que pasen cosas divertidas. Por ejemplo que antes de llegar papá pasó un delfín y lo llevó a papá casi volando sobre las olas y parecía Superman.

En definitiva, es importante permitir que el niño se exprese, que pueda manifestar su vulnerabilidad, hablar sobre lo ocurrido pero no en exceso.

Algunas frases/conceptos que sirven para manejar estas situaciones:

– Todos tuvimos miedo. Mamá y papá estaban muy asustados y nerviosos. Pero por suerte todo está bien ya, y aprendimos a respetar y cuidarnos para poder disfrutar del agua.

-Qué bueno que puedas sentir todo este miedo. Qué valiente. Sentite tranquilo/a que mamá/papá te acompañan y en un tiempito ya vamos a volver a nadar sin miedo.

Creo fundamental no tenerle miedo al miedo; integrarlo, ceder mientras dure el proceso pero estando atentos a que no se vuelva un elemento de manipulación, ya que todos amamos ser mirados en unicidad y estas conductas sostenidas generan que todos miremos, compadezcamos o nos enojemos con el que siente aún ese profundo miedo.

Es una interesante oportunidad para los adultos de sentir a pleno y preguntarnos nosotros también si procesamos esa experiencia para seguir adelante. Sentir por otra parte el profundo agradecimiento de haberlo sorteado, la alegría de estar vivo, el amor a la vida. Y confiar en que cada cosa que llega nos da las llaves para abrir la próxima puerta.

Por Federica Cash

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