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Yo nunca…

Hace un tiempo vengo sorprendiéndome y horrorizándome de mí misma. Me mudé de apartamento y si había algo que nos caracterizaba como padres respecto a los viejos vecinos, era nuestra condición de “silenciosos”. “Qué tranquilita Alfo, ni se la escucha”, nos comentaba la pareja del segundo piso en el ascensor. “Yo nunca voy a ser de esas madres que gritan, no es necesario”. Lo dije antes de ser madre, lo repetí un tiempo después (¡convencida!), pero me tragué las palabras cuando mi hija mayor entró en una adolescencia rebelde a sus tres años y empezó a pedir límites… entre gritos y pataletas. Esa edad coincidió con la mudanza y en la casa “nueva”, me descubrí gritando un par de veces; lo noté y dejé pasar, lo que no pasó fue mi vergüenza al cruzarme con mis nuevos vecinos en el ascensor que si me hubieran comentado algo, probablemente hubiera sido: ”loooocaaa”. La maternidad me hizo dar cuenta que hasta que no la vivís, te conviene no escupir para arriba. Porque también dije “yo nunca voy …

Caminando y dejando huella…

Cuando una tiene un hijo, no solamente está generando vida, también está “esculpiendo” una continuidad de su propia existencia. A través de ellos, y de todos los que vendrán después, se va tejiendo una red invisible pero fácilmente detectable de la cual somos parte, desde la concepción. De esta manera, se van multiplicando las raíces y el árbol va creciendo –con sus variantes– en cada nacimiento, que renueva la magia de ser miembro de algo mayor. Sin embargo, muchas veces, vivimos la vida como si fuésemos 100% independientes, dueños y amos de nuestra propia existencia. Inconscientes de que formamos parte de un pasado que nos es común a todos y que nos influye más de lo que creemos -y a veces, quisiéramos-. Lo cierto es que somos transición entre lo que fue y lo que será, nuestro estado material está de paso, nos guste o no. Ser conscientes de que conformamos un ínfimo lugar en la humanidad pero que somos fuertes influyentes de la vida presente y futura, nos hace humildes y nos responsabiliza de …

De superpoderosa a la mujer más débil del mundo

Todo empieza en la previa. Tus sentimientos y ánimo dependen un poco de esa moneda que va en el aire, que puede dar dos posibilidades. Una positiva y deseada, otra, la que nadie quiere escuchar cuando decide buscar. Ahí empezás a sentirte parte de algo más inmenso. Por más que hayas hecho todo, ni siquiera están en tus manos los resultados. Por primera vez, sentís que la vida te sobrepasa y vos sos apenas una parte; chiquita. Si tenés el privilegio y la bendición de poder gestar, hay muchas más pruebas para vos. Llega la primera ecografía, esa que se hace en las primeras semanas, y si sos consciente de la información que te pueden dar, cruzás los dedos, rezás, o pensás en positivo para que todo esté bien. Comiste todo lo bien que se puede –a pesar de las náuseas-, descansaste lo que tu cuerpo te pidió, hace tres meses tomás ácido fólico y, así y todo, otra vez la moneda puede darte dos opciones: estás “bien” embarazada, o no. Y no depende de …

Las madres damos miedo

Hace unas semanas, en una de esas rondas en las que me encuentro con frecuencia, la charla derivó en un tema recurrente en los grupos “mujeres +30”: maternidad. Una de las chicas se acababa de enterar que esperaba 2. “Fui a la primera eco, empezó a mirar raro y dijo: ¡¡sorpresa!! ¡¡Son 3!!”… La cara de los padres era un poema, entonces les aclaró que les estaba haciendo un chiste: “Mentira, son dos”. Una estrategia altamente efectiva para amortiguar el impacto de unos padres que ya tienen un nene y que tras, largas idas y vueltas, decidieron por fin, darle un hermanito. “Tengo que cambiar el auto, la casa, alimentar tres bocas”, seguía la madre, enredada y sucumbida en sus hormonas, su malestar y con la incomodidad de un pantalón cuyo botón pedía a gritos ser reemplazado. “Es una bendición, lo sé, pero lo primero que hice cuando me enteré fue llorar dos días”, agregó. Hoy está feliz, con su doble positivo asumido. Al rato, en la misma reunión, una de las chicas, joven y …

La aventura más aventura!

No estaba dentro de mis principales sueños tener hijos ni ser una súper mamá. Lo daba por descontado; en la representación de mujer que tenía, ser mamá era parte del combo. Mis mujeres de la familia me lo enseñaron, aquellas que estuvieron y están detrás de mí, también las que caminan a mi lado, hermanas felices y de muchos hijos. La pregunta más común entre las mías es: “¿no vas a tener más hijos?” (con cara de sorpresa). En el ADN familiar la maternidad era y es natural e incuestionable, un regalo a disfrutar. Siempre fui medio soñadora, buscadora, viajera de alma aunque no me moviera, de pensamientos erráticos e inquietos, un poco cuestionadora de lo instalado; siempre sentí ganas de ver mucho, de aprender, de desaprender aquellas cosas que sentía no servían, de conocer gente de otros lados, de “abrir un poco la cancha” -y la mirada de las cosas-. Y como buena seguidora de su tribu y confiando en el fluir de la vida, encontré a un compañero con quien soñar, y también engendrar, para …