Mamáaaaa!
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Un gran viaje

Hace muchos años, tuve la suerte de viajar a Grecia (gracias a mis antepasados). Tenía 14 años y el viaje más largo que había hecho hasta el momento había sido a Argentina. Recuerdo unas escalas de varias horas y un sentimiento recurrente durante esas casi 24 horas de viaje: no está taaaan bueno esto de viajar. Estaba molesta, aburrida de estar sentada en los aeropuertos, con el pelo pegado por el aire viciado típico de los aviones,…y llegué a Atenas en invierno, pasadas las 22 hs. La primera noche, nos desencontramos con el grupo y morimos de hambre; la ciudad dormía, no era hora de cena. Seguí pensando: no está taaan bueno esto de viajar. Así empezó una de las experiencias más espectaculares de mi vida, pero lo descubrí tiempo después.

Y aunque nada de esto pareciera tener relación con la maternidad, cada vez estoy más segura que sí: la maternidad es un VIAJE. Te embarcás probablemente habiendo leído algo (o nada) sobre el asunto, escuchás todo lo que te dicen sobre el destino “mamá”, pero llegás y todo te sorprende, te emociona, te desconcierta o te altera. Le ponés tu cuerpo y emoción a cada una de las cuestiones de las que antes escuchabas hablar y no sabés para dónde agarrar. Apenas llegás te das de frente con un montón de cosas incómodas que a veces te impiden ver lo importante; sos humana, y por más que te digan “ser madre es lo más lindo del mundo”, al llegar a tu casa del hospital, te duelen las lolas, la episiotomía, pasás las primeras tres noches sin dormir, y pensás: esto de ser mamá, no está taaaan bueno como dicen.

Pero el tiempo pasa, mirás para atrás y te das cuenta de la MARAVILLA. Ya no sos la misma. Sorteaste con éxito las pruebas menos pensadas –como vivir y trabajar, aun habiendo pasado cuatro noches sin dormir-, entendiste lo que es el amor en esa primera mirada recíproca con tu hijo, aprendiste a jerarquizar todas las cuestiones de tu vida porque las boludeces que antes te atormentaban, ahora son solo eso, y ya no te atormentan. Llegás al destino mamá y, a pesar que el cambio de vida es tal que a veces no sabés dónde estás parada, apenas asomás la cabeza al mundo (cuando lográs dormir unas cuantas noches seguidas),  todo se ve más claro. Los por qué y los para qué de tu vida son más fáciles de ver. Tu hijo te regresó a casa –literal y metafóricamente-, te regresó a vos, te hizo replantearte, reconocerte y, lo que es mejor, te enseñó (primero obligadamente) a vivir en presente y que jugar no es solo cosa de chiquilines. De a poco te das cuenta que la maternidad es un viaje que te abofetea todos los sentidos, que te lleva bien para adentro tuyo pero cuando salís, todo se ve mejor. Con un poco más de lucidez y descanso, aprendés a disfrutar del trayecto y sentís ganas de agradecer el milagro.

 

Por Carolina Anastasiadis

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