Mamáaaaa!, Ser
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Razones del Primer Mundo

Hace unas semanas leí una columna que anda circulando por las redes sobre cómo evitar los berrinches de nuestros hijos. Me pareció muy interesante su punto de vista porque ponía el foco en los adultos y cómo debían empezar por comprender que no estaban viviendo una catástrofe si el chico lloraba por pavadas. “Razones del primer mundo” decía, invitándonos a poner las cosas en perspectiva para darle la real dimensión que deben tener las pataletas.

Si tenés posibilidades de elegir qué comer, qué hacer con tu tiempo libre, agua potable cada vez que abrís la canilla y una cama donde dormir, tenés las necesidades básicas saldadas. Los niños que se dan el lujo de estar enojados porque quieren un juguete, porque no toleran que los manden a bañar o porque no les gusta lo que les enviaste de merienda, tienen suerte de llorar por “razones del primer mundo”.

Hace unos meses recibí en casa a una amiga española que estaba dando la vuelta al mundo. En su viaje, trabajó durante un mes en una ONG que estudiaba la posibilidad de hacer pozos de agua en algunas casas de la zona rural de Malawi, uno de los países africanos más pobres. Las mujeres de allí deben caminar kilómetros y kilómetros para buscar agua del río más cercano y vuelven a casa con baldes cargados para satisfacer todo lo que el agua satisface. Mi amiga era la encargada de hacer las encuestas a los habitantes de la zona para discernir dónde era prioritario hacer los pozos. A partir de esa vivencia, pensé en las diferentes oportunidades que coexisten en el mundo; en la zona rural de Malawi ni las mujeres se pueden dar el lujo de reflexionar sobre la maternidad actual -como lo hacemos en este blog- pues tienen necesidades más urgentes que atender, ni los niños pueden hacer berrinche cuando se les apaga la tele, básicamente porque no hay electricidad.

El “primer mundo” también nos ha permitido parir sin dolor. Seguro que para las mujeres de Malawi esto no solo es desconocido sino también impensable. Y aunque parezca mentira, esta es una de las razones que me llevaron a decidir parir a mi segunda hija “con dolor”.

Tenía ganas de experimentar lo que por miles de años las mujeres han vivido. Tenía ganas de sentir la enorme satisfacción de tener a mi hija en brazos luego de un enorme esfuerzo físico, tenía ganas de aplaudir a tantas mujeres que en las peores condiciones se animaron a parir. Esta vez no quería anestesiar el dolor, esta vez quería estar bien despierta para sentir el parto de mi hija desde adentro.

Mientras buscaba posiciones que me aliviaran, homenajeé silenciosamente a mi madre con cinco partos en su haber, a mis abuelas y bisabuelas -incluso a una de ellas la visualicé pariendo en la estancia con ayuda de una partera, como hizo-, y me acordé, lógicamente, de las mujeres de Malawi. También pensé en las que han tenido la valentía de parir solas, con sus hombres en medio de guerras que se enteraron semanas después por medio de cartas que sus hijos habían nacido; y recordé a todas las que no se pueden dar el lujo de pagar la epidural. En cada contracción me hice muchas historias de mujeres de todos los tiempos, algunas inventadas, otras verdaderas, y mientras vivía el sufrimiento físico más fuerte que he tenido, disfruté de sentir cada milímetro de mi cuerpo en estado de alerta para recibir el regalo más maravilloso de la vida.

Por Federica Cash

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