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El inconsciente tiene buena memoria

Las vivencias de nuestros padres, abuelos y más antepasados, la forma en que ellos vivenciaron sucesos importantes de su vida (favorables y de los otros) influyen en nuestra forma de significar hechos como la maternidad, la vida, las pérdidas. Esos hechos, con su correspondencia emocional, quedan impregnados como huellas en el árbol familiar y nosotros se los transmitimos a nuestros hijos. Si somos conscientes, además podemos verlos plasmados en sus vidas. Esa información del clan familiar, actúa como mapa que nos guía -en base a su experiencia- para indicarnos por dónde es seguro transitar (por qué profesión, por qué situación) y por dónde puede ser peligroso o doloroso.

Aquí les comparto fragmentos de un intercambio con Lauro Alonso, especialista en estas cuestiones de familia.

Tú estudiás y trabajás con lo que heredamos de nuestro árbol familiar. ¿Cuánto nos llega de la rama materna y cuánto de la paterna?

Mucho más que lo visible… Heredamos información de ambos rieles, principalmente del materno. En la danza entre el espermatozoide y el óvulo la carga genética de éste último predomina. Luego los nueve meses de gestación en pleno contacto con la palpitación emocional de la madre influyen también.

Por otra parte es fundamental considerar las vivencias fuertes de ambas ramas del árbol. Me refiero a cómo han digerido todo lo que han vivido, antes de qué fue lo vivido, es decir: la impresión psicoemocional que ha quedado guardada frente a cada suceso relevante, pues eso tiende a transmitirse a nivel transgeneracional.

Hay que considerar que tanto el riel paterno como el materno nos trasladan esas huellas psicoemocionales profundamente estampadas, como si se tratara de indicaciones, pistas, advertencias, señales, o bien el modo en que ese clan ha sabido o ha podido reaccionar frente a determinada cosa: una especie de bitácora, un sutil manual de instrucciones para la vida, escrito desde la tibia impronta del camino recorrido por nuestros antepasados.

O sea que no importa tanto lo vivido en sí, sino cómo se vivió eso, qué significado se le dio en la familia a ese hecho…

Aunque se guardan todos los eventos significativos –positivos y negativos–, aquellos que han generado sufrimiento tienen prioridad, simplemente porque es lo que se desea evitar, lo dañino, lo peligroso. Quedan almacenados los eventos de alto impacto o choque emocional, especialmente las migraciones, exilios, guerras, dolencias y enfermedades, asesinatos, pérdidas de hijos, abortos, accidentes graves, muertes no elaboradas o consideradas “injustas”, suicidios, divorcios, traiciones, estafas, ruinas económicas, incestos, exclusiones, desamores y quiebres emocionales, engaños, etc. La intención de esa transmisión es colaborar con que no se repita el evento o las condiciones que producen sufrimiento, como si se tratara de un mapa de zonas sensibles que conviene evitar, indicaciones precisas de dónde no es buena idea pisar, o bien por el contrario, de zonas convenientes, seguras, confiables, o incluso caminos que han quedado pendientes de explorar, recorrer y descubrir.

¿Podrías ilustrar eso con ejemplos reales de personas que hayan pasado por tu consulta?

En consulta e incluso en ejemplos o intervenciones durante las capacitaciones es muy frecuente encontrar este tipo de enlaces entre el presente y el pasado. Algo habitual es notarlo a primera vista en las profesiones, donde por ejemplo se ven contadores y notarios en sistemas familiares donde hubo estafas o injusticias, mala administración de fondos. Químicos en familias con registros de intoxicaciones o envenenamiento; docentes en familias de inmigrantes que no conocían el idioma (este es, por ejemplo, un fragmento de mi caso personal); artistas en sistemas donde faltó libertad de expresión, etcétera. Debemos considerar que estos pequeños ejemplos son apenas ilustrativos, muy breves y simplificados, pero no necesariamente se cumplen de la misma forma en todos los casos, y cada familia es un valioso y complejo universo que requiere una exploración minuciosa, profunda, ética.

¿Y un ejemplo más concreto aún?

Recuerdo un paciente con el que trabajé hace años, con unos antepasados que eran artesanos: uno herrero y el otro carpintero. Él, un hombre joven, aseguraba no encontrar la relación con ellos, aunque tenía ciertos síntomas que sí conectaban. Se definía como comerciante. Luego de un buen rato de ordenar los datos, le insisto en qué tipo de comercio regenteaba, para escucharlo decir: “una mueblería”. Fue muy gracioso para ambos, y la toma de consciencia que tuvo en ese momento fue estupenda.

También tuve una azafata, que sin saberlo cumplía el sueño inconcluso de su madre: “viajar y conocer el mundo”, y el caso curioso de una exitosa mujer de negocios que ostentaba tres titulaciones terciarias mientras preparaba una cuarta. En consulta encontramos el deseo frustrado de estudio en varios antepasados a quienes, simbólicamente, ella estaba compensando.

A veces la herencia se pasa como síntoma y se comparte una determinada dolencia. A veces como característica física (color de ojos o pelo, estatura y complexión, marcas de nacimiento, por ejemplo), a veces como habilidad, hobby o profesión. Siempre es un detalle, mayor o menor, que podemos tener en común con tal o cual ancestro, y que tras de sí protege un fragmento de historia importante, un resentir. Algo importante para el sistema familiar.

Tuve hace muchos años una pareja que consultaba por la alergia de su hijo. Me comentaban que el pequeño se fascinaba con los trenes de juguete, que eran su pasatiempo favorito. Investigando en la historia familiar encontramos una llamativa relación simbólica de simetría entre él y su abuelo materno que, como adivinarás, había trabajado en el ferrocarril. Ese abuelo murió inesperadamente siendo joven, y el duelo familiar no elaborado resonaba en el pequeño en forma de expresión somática (la alergia, desde cierta visión basada en biodecodificación puede guardar relación con una separación dolorosa, como una muerte temprana).

¿Cuántas generaciones hacia arriba influyen en nuestra vida? ¿Lo hacen aunque no las hayamos conocido o sabido nada de ellas (por falta de memoria, de registro, o de contacto, por ejemplo)?

Lo habitual es considerar tres generaciones, es decir que es importante incluir en la investigación personal lo que podamos tener de información acerca de nuestros progenitores, los cuatro abuelos y los ocho bisabuelos. No siempre se cuenta con todos esos datos (nombres, fechas, estudios, profesiones, intereses, dolencias, causa de defunción, eventos significativos, etcétera), pero de todas formas es posible trabajar. Hay técnicas específicas para ello.

La influencia funciona más allá de que hayamos tenido contacto directo o no, pues a nivel genético tanto como a nivel inconsciente la información existe y se transmite. Una de las más prestigiosas estudiosas del tema transgeneracional, Anne Schützenberger dice: “el inconsciente tiene buena memoria y marca los acontecimientos importantes del ciclo de vida por repetición de fechas o edad”.

Por Carolina Anastasiadis

 

 

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