Imaginá que estás sosteniendo un berrinche desde hace rato. Tu hijo de tres años quiere almorzar las gomitas que un desafortunado almacenero le regaló al salir de su negocio. Ahí estamos, bancando, intentando conectar, tirando soluciones y ninguna funciona. En un momento nos tensionamos, algo se desconecta, nos inunda la ira y el enojo, y soltamos todo tipo de palabras acusatorias, que culpan y dejan solo al niño.
¿Qué creés que despertó esa avalancha de emociones que te alejaron de la escena? ¿Qué ocasionó que no hayas podido mantener la distancia suficiente para ver a un niño haciendo algo típico de su edad? Seguramente, en tu propia infancia, el berrinche no haya sido una conducta “adecuada”. Por eso, se nos puede hacer difícil validar una situación que nosotras mismas tuvimos que censurar.
Los hijos vienen a mostrarnos de qué estamos hechas y cómo nos hemos constituido a lo largo del recorrido. Nos espejan las heridas que cargamos y lo que nos conmueve por dentro.
En los primeros años se configura gran parte de cómo nos relacionamos con lo que sentimos. Igual de cierto es que siempre hay posibilidades de reconstruirnos, y los hijos y el amor que les tenemos, pueden ser grandes motores para hacer ese trabajo.
Pareciera que la naturaleza haya previsto que, en el esfuerzo e intención por conectar con lo que sienten nuestros niños, sanamos las mamás (y los papás) también.
Es por eso que decimos que criar puede ser un ganar–ganar: les damos herramientas para crecer y ellos nos devuelven curitas para nuestras nanas. En este mes de la infancia, desde aquí les decimos: Gracias niños por esta nueva posibilidad.
Por Federica Cash

