Autor: Federica Cash

El Parto… minuto a minuto

Mis fechas probables de parto eran dos; 8 de febrero, según el primer ginecólogo, y 15 de febrero, según el segundo (por qué cambié es material para otro relato). Pasó el 15, el 16, el 17. El 18 salí a caminar. A las 22 hs. estaba en el supermercado comprando una picada para acompañar a mi novio a ver el partido de Peñarol. Una forma de recompensarlo, dado que por mi inminente parto, no iba al estadio. Pasó el partido, empezó una película, y otra y eran las 4 de la mañana y seguía tirada en un colchón en el estar de casa, acondicionado para el posible trabajo de parto esa noche, o la siguiente…. Si no, me inducían a los dos días, estaba de 41 semanas. Esa noche, sobre las 5 de la mañana, mientras miraba cómo Brad Pitt se hacía el italiano ante el General Nazi en Bastardos sin gloria, me encontré acostada, refregándome contra el colchón, con un dolor que de a poco se empezó a poner más fuerte. Cada vez más. …

Abuelita, todo sigue igual

-Celebramos el día de los Abuelos, recordando y volviendo a compartir esta linda nota de Federica Cash- La luz llegó a casa tarde, mucho más tarde que a las casas de mis amigas. Ya no había que esperar a que oscureciera para que papá prendiera el motor, ahora podíamos mirar televisión a toda hora. Aún recuerdo la emoción que sentí al poder prender luces, escuchar música y grabar mis historias a cualquier momento del día. Porque desde chica quise contar historias. Creaba radioteatros, me encerraba en mi cuarto a escribir guiones y después grababa y grababa; actuaba de madre, de padre, de abuela, de niña, yo era todos esos personajes cambiando la voz. De vez en cuando llamaba a un hermano o le pedía a alguna amiga que representara un personaje mientras yo actuaba todos los restantes. Con la llegada de la luz, pasaba horas y horas encerrada en mi cuarto, soñando, creando, actuando y grabando. Cuando el teléfono invadió mi casa -mucho más tarde que en lo de mis amigas, por cierto- la conmoción …

Siete hermanos

De chica, no había nada que me gustara más que ir a casa de amigas. Admiraba el orden, la heladera generosa, la cama cuidadosamente tendida, la perfección del silencio que solo puede escucharse cuando hay poca gente. Me encantaba la tranquilidad y la posibilidad de tirarme en un sillón, sin tener que ceder espacio.