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La hora de las brujas

En la vida de las mamás, existe la hora del caos y comienza más o menos a las seis y media de la tarde (con un margen de media hora, que depende del horario de salida de trabajo y, por supuesto, del horario en que esa niñera-empleada-abuela-suegra que cuida al niño, SE VA). Hay una hora en los días de las mamás, en que se produce la mutación y esa joven (por supuesto que madres treintañeras entramos en esta categorización), que desde las 9 de la mañana era una ejecutiva, hacía llamadas, tenía reuniones, compraba o vendía y era una persona “independiente” y profesional, se pone las pantuflas. En esa hora crítica, su mundo deja de tener exterior para replegarse a su versión más mínima, cuyo tamaño depende del metraje de su casa. Es esa hora en que las mamás tenemos que dejar de hacer, para estar. Una sobrina segunda, de beba, lloraba todos los días entre las 19 y las 19.30 hrs. Sin falta, de lunes a lunes. Sufría de cólicos, pero a esa hora del …

Yo te avisé (…cuando llega el segundo, el primero se transforma en la peor versión de Chucky)

La gente habla siempre cuando ve una panza. Si sos primeriza, en tono cómplice intentan darte alguna receta con la intensión de hacerte la vida más fácil. “El provecho no sirve para nada, ni pierdas tiempo”, “Cuando se paspe, usá maicena, acordate”, “mirá que la lactancia está brava, ¡comprate crema de caléndula YA!”. Durante el primer embarazo vas con la antenita parada por la vida, escuchás atenta las conversaciones entre madres y apuntás lo que te parece que en un tiempo podrá ser de ayuda. El resto lo dejás en tu spam pero sin borrar; porque nunca sabés. Cuando esperás al segundo hijo, la gente también habla, pero vos, más ducha, filtrás comentarios porque te conocés como mamá y sabés, por ejemplo, que todo bien con el extractor pero que si con el primero apenas tenías paciencia –o leche-, con el segundo vas a tener pereza y por más voluntad que le metas, te va a faltar tiempo. De todos modos, escuchás cada consejo y comentario con interés –en parte, por respeto a la criaturita …

“Trabajar” en casa con un bebé

Era mi plan perfecto. Mientras estaba en la oficina con 37 semanas de embarazo, comiéndome la segunda banana con dulce de leche del día, me imaginaba en unos meses sentada en algún lugar de casa, cerca de la beba recién nacida, a pasos de la cocina (heladera) y también del baño, con el perro a mis pies, pudiendo trabajar con la tele y/o radio prendida, de pijama y, sobre todo, con la posibilidad de cortar para no perderme ninguna nueva monería. Ideal. La envidia de toda oficinista. Pero cuando una trabaja en la casa, cada día es una excepción. Y les cuento por qué. Hoy llueve y la gorda se despertó bastante antes que de costumbre, a las 6.35 am. Me levanté, la cambié, le hice la mema en la cocina, tras el recibimiento eufórico de mi labrador, eterno cachorrón que se emociona al punto del pis cada mañana que me ve abrir la puerta de su lugar. Esta vez, un poco más inquieto que de costumbre, porque por la lluvia, se inundó el lavadero …

No me importa

Las mujeres somos controladoras. Si no todas, yo soy parte de la mayoría que sí lo es. Cuando de adolescentes salía con un chico, al otro día quería saber si con ese me iba a casar, cosa de no andar perdiendo el tiempo en otras tantas salidas. Cuando arranqué mi carrera quería creer que de eso iba a vivir y confirmar de inmediato que realmente esa era mi vocación. A las mujeres, mal o bien, nos gusta tener el control y por eso seguramente somos más planificadas por naturaleza.