Mamáaaaa!
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“Trabajar” en casa con un bebé

Era mi plan perfecto. Mientras estaba en la oficina con 37 semanas de embarazo, comiéndome la segunda banana con dulce de leche del día, me imaginaba en unos meses sentada en algún lugar de casa, cerca de la beba recién nacida, a pasos de la cocina (heladera) y también del baño, con el perro a mis pies, pudiendo trabajar con la tele y/o radio prendida, de pijama y, sobre todo, con la posibilidad de cortar para no perderme ninguna nueva monería. Ideal. La envidia de toda oficinista.

Pero cuando una trabaja en la casa, cada día es una excepción. Y les cuento por qué.

Hoy llueve y la gorda se despertó bastante antes que de costumbre, a las 6.35 am. Me levanté, la cambié, le hice la mema en la cocina, tras el recibimiento eufórico de mi labrador, eterno cachorrón que se emociona al punto del pis cada mañana que me ve abrir la puerta de su lugar. Esta vez, un poco más inquieto que de costumbre, porque por la lluvia, se inundó el lavadero que está al lado de su cucha y está ensopado.

El papá duerme y lo voy a dejar hasta las 8.30; no hacen falta cuatro manos para hacerse cargo del perro y de la nena. Aprovecho el tiempo hasta que venga Laura (la señora que nos ayuda) para hacer algunas llamadas, así encauzo el día antes de prender la compu para trabajar. Llamo al sanitario. Viene entre las 11 y las 16 hs.

Son las 8.30 y se levanta el papá: “mi amor, ayer hablé con el arquitecto, me dijo que entre hoy y mañana vienen a colocar los aires acondicionados a ver si se va la humedad”. Buenísimo. Si yo laburo en casa, que pasen cuando quieran que “siempre hay gente”. Maldigo el día en que esbocé esas palabras. Esa frase esclaviza.

A las 9.30 de la mañana, prendo la compu y me siento en la mesa del comedor, porque a raíz de la llegada de Alfonsina, mi escritorio dejó de existir para transformarse en dormitorio. A las 9.35 llega Laura –atrasada por el temporal-, le entrego a la nena, le comento algunas cosas y luego sí, finalmente, me siento a desgrabar una entrevista que tengo que entregar al final de la tarde.

Suena el timbre a las 10. Es el sanitario que justo tenía que venir al edificio y aprovecha para hacer lo de casa, porque en los “comentarios” de la planilla de pedidos decía “siempre hay gente”, entonces pensó que podía pasar cuando quisiera. Demora media hora en solucionar el problema, el perro se le cuelga, le salta (lo conoce de cuando vino a colocar el calefón), lo enloquece y yo escucho eso y las carcajadas de Alfonsina, feliz entre el show del perro y el chapoteo de ella en ese lugar. Al tiempo que escucho eso, me doy cuenta que el paseador nunca llegó. Caramba, tengo que sacar al perro antes de que se haga en casa.

Son 10.30 de la mañana, respondí 2 mails, pero…atendí al sanitario, le abrí la puerta a Laura y saqué al perro –para liquidar y luego sí, por fin sentarme a trabajar-. Qué difícil.

Suena el timbre, ¡es la abuela! Qué lindo; ahora sí, coloco a la gorda, me encierro  en el cuarto y dejo a Laura con manos libres para hacer algo en la casa. Cinco minutos después me suena el teléfono para coordinar la colocación de aires. “Si hay gente siempre, entonces tal vez puedan ir en media hora porque están colocando aires en el edificio de la esquina y ya tienen el camión cargado”, me explica la chica por teléfono.

Corto y me pongo a trabajar, rápido. Tengo que desgrabar esa nota antes de que vengan a colocar los aires porque seguro tienen que picar y con el ruido no voy a escuchar un pomo.

Mientras desgrabo la nota, suena el teléfono otra vez. Es mi vieja, para pedirme si en el relevamiento de prensa que le hago para su empresa, puedo incluir algunas noticias del agro. “Ok, lo hago”. Además aprovecha para organizar el almuerzo del domingo, “estaría bueno hacer ñoquis, hago con y sin salsa, por vos que tenés gastritis” –tan tierna, siempre pensando en todos-. “Perfecto ma, hablamos después”.

Encerrada en el cuarto, escucho a la gorda matándose de risa. Creo que está armando y desarmando torres; le encanta tirarlas y ver al perro que le festeja. Voy a espiar, pero soy mala escondiéndome, la gorda me ve y empieza a jugar al “¿está? Acá tá!!”. Me tiento. Juego un ratito.

Cuando quiero acordar llega la empresa de los aires y empiezan a picar. El perro tiene que salir de nuevo, ya son las 12 del mediodía, no laburé un carajo.

Vuelvo del paseo. Me como una banana con dulce de leche para matar el hambre y tirar un poco más antes del almuerzo, apago la radio, desenchufo la tele y apago el teléfono. A los cinco minutos, la realidad se impone nuevamente. Con una niña de año y medio en casa, no se puede trabajar.

Por eso me vine a un café. Cerquita de casa, a pasitos del baño y de la cocina –del bar-, y acá estoy, a pura tecla, impregnada en olor a tostadas, medialunas calentitas y a café -Lavazza, no me puedo quejar-.

 

Por Carolina Anastasiadis

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