Mamáaaaa!
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¡Momento inoportuno para visitar al pediatra!

Las salidas al médico en mi caso siempre han sido caóticas, sobre todo cuando me toca ir a primera hora de la mañana. Me levanto a los saltos, con el tiempo justo, pensando en todo lo que tengo que hacer en menos de una hora; cambiar al bebé, darle la mema, no olvidarme del carnet de salud y de vacunas, llevar todo lo indispensable por si se hace lo segundo, etc.

Cada vez que tenemos pediatra a las 8 de la mañana me propongo dejar todo pronto la noche anterior, cosa que cuando me levante lo único que tenga que hacer sea vestir al bebé y a mí misma (de esto no puedo zafar). Pero llegada la tardecita el tiempo vuela, bañarlo, darle de comer y acostarlo, y luego, el sueño me vence después de un día agitado. Mañana será otro día, pienso en ese momento.

¡Y qué día! Me levanto a las apuradas, camino a la cocina pechándome con todo para calentar la mema del bebé que ya me escuchó y no para de llorar. Vuelvo, me lo llevo a mi cama para que tome su mema mientras yo tiro un poco más, pero no, no hay tiempo, ¡levantate nena! me digo. Mientras Juanfe come, preparo lo que tengo que llevar. Todo a una mochila. Termina su mema y lo visto con sus mejores ropas para que el médico (que es mi tía) me diga, ¡qué lindo que está!

Como estoy apurada, mientras lo visto, lo zarandeo de un lado a otro, mucho, y rápido. Un poco de perfume, lo peino, lavo su carita y al piso, ahora le toca a mamá. Ya nos vamos. Queda menos. Me lavo los dientes, me hago una colita sin peinar, y salgo. Agarro las llaves y llamo un taxi. Mientras aguardo, me pongo a reflexionar. Ahora puedo.

Es la primera vez que voy sola con el bebé al médico, sin mi marido, y por ende sin auto. Qué privilegiada me siento, qué acompañada estoy. Los hombres son útiles, no los desprestigiemos, o al menos el mío lo es. De a dos, todo es mucho más sencillo, mientras yo busco la orden del médico en la cartera -repleta de cosas innecesarias- él carga a Juanfe; frente al pediatra mientras uno lo desviste y vuelve a vestir, el otro escucha las indicaciones del médico. Y hoy, a pesar de estar sola, puedo llamar a un taxi. ¡Cuántas veces nos hemos cruzado con madres solas en los ómnibus rodeadas de más de un hijo, agarrándolos como pueden y, como si fuera poco, llegando a tiempo al médico! En fin, cataratas de pensamientos que dan vueltas por mi cabeza mientras espero al taxi.

Llega, y cuando agarro al bebé me doy cuenta que está vomitado de pies a cabeza. Puteo en chino, en japonés, en todos los idiomas. El taxi sigue esperando impaciente, toca bocina. Mientras lo desvisto y lo vuelvo a vestir, el bebé no para de gritar. Desde la ventana le hago señas al hombre para que espere. Lo cambio otra vez, ahora va descombinado, no hay tiempo, qué más da, tengo la suerte que el médico es pariente ¡seguro lo verá divino igual!

Por Federica Cash

 

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