Embarazo
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Revuelto de gramajo

Así me siento; mal, revuelta, solo que seguro soy menos apetecible que el más enchumbado y desabrido de los revueltos de gramajo. Además me siento culpable, porque todavía no disfruto de mi estado y terminé contando la noticia a familiares por teléfono cuando me llamaron para mi cumpleaños. Pasé el aviso justo antes de cortar, luego incluso de tocar el tema “novedades”: “ah, pará, estoy embarazada”. La otra parte de Montevideo se enteró por mi mamá que aún tiene problemas para entender su celular y un poco más complicada está para usar el whatsapp. Apenas le dije que esperara a que me hiciera la eco para esparcir la noticia, mandó un “voy a ser abuela, ¡otro de Caro!” a un par de grupos: los de la letra A –que incluye la barra de Aguada-, B, C y D.

A diferencia de la vez pasada que la noticia se me escapaba de la boca por la euforia que me desbordaba, esta vez quería contarlo de a poquito. Quería esperar algunas semanas, tal vez porque la euforia estaba revolucionada dentro mío y me sentía rara. Si en el embarazo anterior tenía un hambre de león –llámese ansiedad-, este me agarró con el apetito apagado. Casi como un pajarito, como poco y a cada rato; porque dicen que es la mejor manera de aliviar una panza que está revolucionada de sol a sol.

Estoy irreconocible. Y no solo por lo irascible en que las náuseas y las hormonas alteradas me han transformado, sino porque mis “must” de la nueva dieta no incluyen las dos bananas con dulce de leche diarias de mi embarazo anterior. La nueva lista se completa con pan, queso y galletas al agua. Eso sí; todo con sal. Lo escribo y mi cabeza no acredita que un antojo no sea esa torta de chocolate que quedó del cumple en la heladera o un ataque feroz al pote de helado que siempre hay en el freezer, sino una tostada llena de queso antes de dormir.

El cuerpo es sabio y los “antojos” son eso que nuestro envase necesita para sentirse bien. Lo comprobé cuando el doctor me tomó la “presión” y me dio un deprimido 9-4. ¡Y claro!, eso explica que en mi lugar de trabajo haya agarrado sal directamente del salero para comer como si fuera una medialuna calentita a las 8 de la mañana. Lo era para mí, ante el miedo de caer redonda frente a una cámara encendida de alcance nacional.

Pero la culpa va más allá de dar la noticia con cara de sin sal. Desde el día dos de mi embarazo tuve ganas de pedirle perdón a ese embrión que en unos meses será mi segundo/a hijo/a.

Perdón porque ya no tengo tiempo de sentarme a acariciar la panza con la casa en silencio para conectarme con vos. La casa nunca está en silencio con un perro adolescente, menos con una niña que está llegando a sus dos años y además está excitada porque empezó el jardín; tampoco tengo tiempo de tirarme en la cama y cuando lo hago, caigo rendida. Tu hermana me demanda, me llama y a veces, aún no me deja dormir. Ella sabe que ya estás.

Perdón…porque cargo 15 kilos de niña a diario a upa y me cuesta ponerme a pensar que no puedo hacer esfuerzos cuando todavía no veo una pelota de panza que me lo impida.

Perdón… porque aún no te compré ni un par de escarpines. Si sos nena, lo lamento pero tendrás que usar mucho de tu hermana –que tiene más ropa que tu padre y mamá juntos-; si sos varón, ahí se pondrán los tíos, padrinos y abuelos. Mamá y papá tienen que cambiar la casa porque ya no hay lugar; el cuarto de tu hermana es demasiado chico para otra cuna y todos tus petates.

Perdoname bebé, yo también fui segunda hija, y estoy segura que mis papás me quisieron mucho igual. Aunque haya heredado cosas de mi hermano mayor, compartido cuarto con él -y hasta con el menor- durante algunos años, y aunque tu abuela haya tenido que dividirse en tres. Claramente la habilidad que no tiene con su celu la tuvo para cosas más importantes.

Y junto con este perdón quiero decirte que no pasaron muchos años para que entendiera que el mayor regalo de la vida no eran unos escarpines nuevos o un cuarto solo para mí, sino que llegué a la vida con lo más grande que podían darme mis papás: un hermano. Ya lo vas a entender. También estoy segura que el malestar y el revoltijo de mamá pasan…¡y que el sentimiento solo crece!

Tu mamá

(Por Carolina Anastasiadis)

10 Comments

  1. tania says

    Carolina toda la suerte con ese embarazo! que tierno es ver una eco. Habrá cosa mas bonita y mágica?
    Voy a seguir día a día tus comentarios para ver en que anda esa panza.
    . Besos!

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    • caroanas says

      gracias Tania!!!…seguro vas a seguir leyendo el proceso de esta panza que crece y crece! gracias por leernos. beso! Caro

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  2. daia says

    Estamos en la misma situación.. Que identificada me sentí! Seguramente el amor por el segundo o tercer hijo es el mismo que el primero pero lo vivimos de manera diferente, menos obsesivas, menos ansiosas, más relajadas,un poco despreocupadas tanto q aveces olvidamos el embarazo, estando tan ocupadas con un hijo pequeño.mucha suerte con ese bebito! Saludos

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  3. monica says

    Yo en este caso soy la abuela y hice tal cual lo contas lo repartí a todos jaja y a mi hija le pasa lo mismo que a tí felicitaciones y mucha suerte un beso

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  4. Lucia says

    Hoy a 3 años y meses de esta nota me llorisqueo mal. Estoy en la misma etapa que estabas vos ese marzo del 2015, con un torbellino de 22 meses, con otro en la panza que es diminutiiiito porque hace poco estoy pero cómo me hace entender que ahí está. Los malestares son enormes, pero son proporcionales al amor que siento por estar así.
    Se que en unas semanas estaré mejor y volveré a ser yo y no esta cara sin gracia pero iluminada por un brillo rarísimo! jajaja

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    • caroanas says

      Hola Lucía!! Gracias por tu mensaje!!…imagino el malestar…lo viví, ajaa. Seguro se te viene algo divino; intenso, eso sí.
      te mando un beso y cuando quieras nos compartís más experiencias. Caro

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