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Xavier Aragay: “En el Siglo XXI el nuevo petróleo es la creatividad, para todo”

Educamos en el siglo XXI con un sistema creado en el XIX. El mundo es distinto y lo que nuestros hijos necesitan hoy también. El español Xavier Aragay -Consultor internacional, experto en la transformación de la educación y en la gestión del cambio, y Director de REIMAGINE EDUCATION LAB– se dedicó durante 10 años a crear el modelo educativo Horizonte 2020 en 8 escuelas jesuitas de Barcelona. En base a información aportada por padres, maestros y alumnos, decidieron pasar de unas escuelas clásicas a otras que hoy están en la frontera de la innovación y el cambio, transformando su metodología.

Estuvo en Montevideo, pasó por la Universidad Católica y participó en charlas, talleres y debates sobre un tema que está en el tapete: la educación. Y sepan padres que, para él, el trabajo empieza en casa.

Has dicho que el sistema educativo está “enfermo”… ¿de qué?

La educación está en crisis, por eso digo que está enferma. Tiene fiebre. Está desajustada respecto a la evolución que el mundo ha hecho. Estamos en un momento disruptivo de la sociedad y la educación está anclada en la tradición. En ese desajuste, no se educa para la sociedad en la que van a tener que vivir los niños de hoy. Estamos en pleno siglo XXI utilizando metodologías que creamos en pleno siglo XIX y arrastramos en el siglo XX. No me gusta criticar el modelo clásico porque fue útil y funcionó bien en su tiempo, pero no tiene sentido mantenerlo cuando además nos damos cuenta que no funciona.

Proponés una mirada distinta del alumno, ¿una mirada más hacia “el ser”…?

La educación ha perdido el sentido y la orientación. De hecho siempre nos habían contado que los contenidos que transmitíamos eran para formar a una persona. Parece que el único fin es abrir la cabecita de los niños e ir metiendo más o menos caóticamente contenidos, que además están muy aislados unos de otros. La propuesta distinta es a mirar la persona, enseñar al niño a conocerse, a relacionarse con los otros, a saber qué inteligencia tiene -porque todos tienen una-, a saber qué puede aportar al mundo, y evidentemente que tiene que recibir conocimientos.

Creo que es en primaria que se pierde esa mirada al ser; vemos matemáticas, inglés, biología. Hemos perdido la mirada real hacia la persona. En la adolescencia volvemos a perder la posibilidad de ver a esa persona, justo cuando el cerebro vuelve a tener una plasticidad impresionante. La secundaria se creó para acceder a la Universidad y no se forma para la vida, porque además no sabemos ni qué trabajos habrá, qué puestos existirán. Ese es el gran reenfoque.

¿Qué propones? ¿Materias de autoconocimiento?

Lo importante es que todo se integre. Un chico o chica cuando sale de la escuela no se va a encontrar una calle que sea matemáticas, otra que sea geografía. En la vida, cuando vienen los problemas, vienen con muchas cosas integradas, no vienen por materia. Por eso las materias deben darse integradas, para fomentar la curiosidad que de forma innata traen. A partir de los intereses que ellos tienen y de los retos que quieren resolver, se trata de integrarlo todo. En eso es fundamental integrar el autoconocimiento. Las personas debemos estar conectadas, saber qué es esa vocecita que tenemos adentro; no puede ser que lo descubran a los 35 años. Desde pequeño deben preguntarse quiénes son, quiénes son los otros, como se relacionan con ellos, qué llevan dentro. Es un drama que nos encontremos con cantidad de jóvenes egresados de la universidad que aún no saben quiénes son y que no saben a qué quieren dedicarse tampoco. Es un problema de todo el mundo. Hace un año se publicó un estudio de egresados de universidades de EEUU y de Europa y el 51 % al acabar sus estudios universitarios no sabían quiénes eran, ni hacia dónde iban, ni qué querían. Sabían que les habían llenado la cabeza con muchas cosas pero ni siquiera sabían para qué. Sin sentido. Hay que recuperar eso. Para mí es un gran fracaso que luego de 20 años de educación, cuando salís de la universidad no sepas quién sos.

La columna vertebral de la escuela debería ser que se conozcan, que descubran intereses, que aprendan a aprender, a entender el mundo, a compartir información. Acumular conocimiento memorístico ya no importa.

Tiene una base espiritual, pero no es religiosa la metodología, ¿no?

Esto es más abierto. La espiritualidad es la búsqueda del sentido en el ser humano. Es vivir la vida con sentido, a partir de ahí uno puede elegir y religar religiones si lo desea. Pero hablamos de un estadio previo a la religión; tiene que ver con educar la interioridad, saber estar en silencio con uno mismo que es con quien más vamos a vivir la vida. Esto hay que aprenderlo, practicarlo. No como asignatura de “interioridad”, se debe vivir integrado.

¿Cuánto podemos cambiar en casa para que no todo recaiga en los centros educativos?

Lo más importante es que los padres se trabajen un poco ellos para cambiar los marcos mentales que tienen. A veces hay familias que quieren replicar en sus hijos las formas en que se criaron ellos. Lo primero es pensar que hay que educar hijos no para que sean clones nuestros, sino para que puedan vivir y ser felices como personas en el mundo que les toque vivir, que va a ser más incierto. Esto es un marco mental nuevo, que dejen de obsesionarse con los contenidos, que dejen frases del tipo “es que no me lee”. Cada niño y niña crece, aprende y lee a su ritmo. Hay alumnos que leen a los 6 y van muy bien. Ayudarles a que se conozcan, plantearles retos, hablarle de las cosas, no sobreprotegerlos. A veces digo en broma que los vamos a hacer tontos. ¡Que se caigan, que se equivoquen, que vivan!

Tenemos que trabajarnos como padres para cambiar nuestros miedos y marcos mentales.

Hay “5 C” que sintetizan tu proyecto. ¿Qué significan?

Educar personas Conscientes de quien son, Competentes para aplicar los conocimientos, Compasivas con los otros, Comprometidas con el mundo y Creativas. En el siglo XXI el nuevo petróleo es la creatividad, para todo. Imprescindible para vivir, trabajar, para relacionarte con los otros.

Por Carolina Anastasiadis

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