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Una invitada de lujo

El día que Céline Hameury llegó a mi casa en su motorhome, llovía. Era un día fresco y ventoso que dificultaba el acceso de su camioneta por el camino de palmeras de la entrada. Llegó exhausta y mojada así que la invité a comer, sin saber si querría almorzar o tomar el té. A pesar de ser vegetariana aceptó un pastel de carne que devoró rápidamente, después tomó una taza de té y se dispuso a soñar despierta mirando para afuera. El cielo gris y el viento que sacudía los árboles invitaban a olvidarse de todo y entrar en la escena de boca abierta. Hasta allí no habíamos cruzado más de diez palabras.

Después de haber atravesado los primeros minutos de incomodidad que supone el silencio compartido con una invitada a quien iba a entrevistar, me decidí rendida a admirar también la naturaleza. Éramos dos desconocidas mirando hacia afuera.

Cuando finalmente volví a la cocina, al plato vacío y a la taza de té, Céline todavía no lo había hecho. Minutos después, cuando pareció reponerse del hambre y el cansancio, empezamos a conversar.

Hacía unas semanas me había puesto en contacto con ella porque quería entrevistarla. La había visto en algunos programas de televisión hablando sobre el método Montessori y así empecé a seguir su trabajo por las redes. Cuando después de varias idas y venidas coordinamos que vendría a casa, esa tarde llegó y la relación comenzó. Por aquel entonces no tenía idea que finalmente la entrevista nunca se haría, que su estadía perduraría una semana, y que la aventura de su compañía recién estaba por comenzar.

“¿Cómo diste con el método Montessori? ¿Qué estás haciendo por aquí? ¿Por qué estás viviendo en un motor home?” Tantas eran las preguntas que no sabía por dónde empezar, y tropiezo a tropiezo, ella tomó el timón y me encontré por un buen rato hablando de mí. Cuando caí en la cuenta del cambio de roles hecho con astucia, nuevamente empecé a preguntar pero esta vez sin bombardear.

Céline Hameury tiene 40 años, nació en Francia y a los 5 años, luego de una lenta enfermedad, su madre murió dejándolas a ella y a su hermana solas con su papá. Su infancia parece salida de un cuento de los de antes, pues creció en un ambiente hostil bajo la lupa de una madrastra cruel que dejó huella en el vínculo con su única hermana, con quien poco se habla en la actualidad.

Sin embargo, hubo recuerdos de los buenos también; si bien fueron pocos los años compartidos con su mamá, recibió por parte de ella el amor incondicional y las alas para volar, lo que la marcó para siempre. Cuando ya era mayor de edad se fue a Irlanda a trabajar, y lo hizo cuidando a una niña que la cautivó. Su autonomía, su creatividad y entusiasmo, condujeron a Céline a la escuela donde la pequeña estudiaba, pues quería entender cómo lograba manejarse en el mundo con tanta seguridad y confianza. Así dio con una escuela Montessori.

“El método es una filosofía de vida, es una forma de ver y ser en la vida. Se trata de compartir tu pasión, siempre soñar a lo grande, ser crítico contigo mismo primero y con los demás después, y vivir el momento presente con lo que te sale de adentro”.

A partir de allí empieza a estudiar la metodología y al igual que María Montessori, creadora del método el siglo pasado, después de varios años dando charlas, cursos y clases, decide abandonar Europa donde esta forma de enseñar estaba presente en varios centros educativos, para darlo a conocer en América en su “Maia”, la casa rodante.

Cuando recorre nuestras escuelas Céline ve que la educación no ha cambiado en 200 años. Sin embargo, la sociedad es otra. “La educación de hoy prepara futuros soldados cuando realmente deberíamos educar para la paz. Se sigue teniendo que obedecer al adulto, escucharlo porque siempre tiene razón, y así se sigue faltando el respeto al niño, sin empatizar con él”, dice.

Pero ¿cómo se educa desde el punto de vista Montessori? ¿Cómo se ponen en práctica esos conceptos? Como les conté, finalmente esa entrevista nunca se dio, pero sucedió algo mucho más innovador. La entrevistada se quedó varias noches durmiendo en su “Maia” en el jardín de mi casa y así pude ver cómo lo teórico se hacía carne en el vínculo con mis hijos.

Algunas puntas del método Montessori

La pedagogía Montessori siempre va de lo concreto a lo abstracto, y los materiales que utiliza para entender el mundo y las disciplinas tienen un lugar preponderante. Para enseñar, propone cambiar la mirada y ponernos en el lugar de los niños que no son recipientes que debemos llenar con conceptos, información, fechas y datos, sino que ya traen en sus “envases”, preguntas, intereses y hambre por aprender.

Las personas a cargo de la enseñanza son guías que alientan a los chicos a resolver los desafíos que se les presentan, que irán aumentando en complejidad a medida que ellos crezcan. Al principio se les enseña desde sonarse los mocos hasta atarse los cordones, y con el paso del tiempo se van incorporando conceptos cada vez más abstractos pero que con los materiales se logran visualizar.

Los binomios y trinomios, por ejemplo, se enseñan a través de puzzles y la tabla de multiplicar se enseña con los dedos de las manos o con un ovillo de lana. En lugar de memorizar conceptos abstractos, el método Montessori apuesta a que el niño manipule y juegue con los materiales. La única condición es que se trabaje para encender la llama de la curiosidad y no imponiendo los estrictos programas didácticos de la escuela tradicional.

“Si cada uno desde pequeño hiciera lo que más le gusta, tendríamos mejores especialistas”, dice Céline. Es que muchas veces para terminar los programas en las escuelas se pierde de vista el objetivo mayor: que los niños aprendan sin dejar de estar conectados con ellos mismos. De esta manera, al llegar a grandes, no existirán las crisis vocacionales ni los tests para identificar la pasión que cada uno lleva dentro.

Por Federica Cash

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