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Beatriz Peco: “Como padres podemos llevar a los niños a las clases de todo, resolver la maternidad, pero no habitarla y ahí se pierde conexión”

Es argentina y acaba de venir a Uruguay a un retiro de silencio. Es fonoaudióloga de profesión aunque antes estudió la carrera de Comunicación por su gusto por el arte, lo creativo, lo lúdico y sobre todo, las relaciones interpersonales. Una vez fue invitada a ver a una persona que trabajaba con estimulación temprana con bebés y supo que lo suyo era eso; desde hace 20 años se dedica a trabajar con chicos que tienen desafíos en su desarrollo, socialización y comunicación. Para ello se vale de todas las herramientas que incorporó a lo largo de su vida, incluida una que considera fundamental para estar conectado con uno mismo y desde ahí con el bebé o niño: el mindfulness.

Con Beatriz Peco hablamos sobre la comunicación madre-bebé y sobre la importancia de la “presencia” -que no es solo física- para conectar de verdad con los hijos.

¿Cuándo empieza la comunicación con el bebé?

Al principio esa comunicación se da por imitación, según afirman los científicos; lo primero que hay entre la madre y el bebé es una resonancia empática. Hay estudiosos que podrían decirte que la comunicación es previa al nacimiento y hasta previa a la gestación, pero eso es de otro orden. Yo trabajo con el niño una vez que nace, y ahí entran en juego desde el sostén de esa mamá hasta con qué presencia está esa mamá disponible para resonar. Técnicamente, en esa distancia en que amamantás o das una mamadera y estás en conexión con el bebé, pareciera que es ahí donde se empieza a establecer el vínculo. Hay científicos, psicólogos que te pueden hablar de otras teorías.

En lo que estamos todos de acuerdo es que cuando empiece esa comunicación, es fundamental primero la conexión que esa mamá tiene consigo misma.

¿Te referís a que importa cuánto se autoconozca el adulto a la hora de brindarse a un niño o bebé?

Sí, importa el autoconocimiento y de cuan conectado está ese cuidador primario con qué le está pasando en ese preciso momento, en su vida y cuando tiene a su bebé con él. Daniel Siegel desarrolló el concepto de apego, no como el que se conoce en psicología sino que su teoría desarrolla la importancia de tener una conexión o sintonía intrapersonal del adulto consigo mismo para, a partir de eso, poder entrar en sintonía interpersonal con el otro, con el bebé en este caso. Personalmente, eso me hizo estar tan comprometida con las prácticas de atención y presencia, para trabajar conmigo primero y luego con padres y niños.

Es eso que dicen que la maternidad más que a “hacer” te obliga a “ser”….

Claro. La presencia real del adulto es la esencia de la conexión con el otro. Si no estás presente ¿cómo vas a conectar con el otro?, y no me refiero a estar presente físicamente sino con tu ser, estar contactado con tu parte más íntima. Tengo seis hijos y durante mucho tiempo no estuve presente. Es claro que a veces podés y a veces no podés estar tanto y confío en que la culpa no aporta nada en este caso. A veces muchos de nosotros tenemos la suerte de tener mucho ganado y poder estar más disponible para esa presencia, pero también sucede que hay muchas mamás que la tienen más difícil porque están pasando circunstancias de todo tipo, tanto económicas, familiares o de pareja, y no siempre se tiene la disposición para ser y practicar. Lo que sé es que a mayor desafío que uno tenga, más hay que poner la energía en cultivar el ser y no el hacer porque si no, ese hacer carece de contenido, de sentido. Como padres podemos llevar a los niños a las clases de todo, resolver la maternidad, pero no habitarla y ahí se pierde conexión.

La sociedad te impulsa a hacer más que a ser. Hay que ser mamá, pero también profesional, linda, etc., etc…

Lo social apoya el hacer más que el ser y por eso sucede que llevamos a los chicos a tenis, a terapia, a hacer pintura, a clases de todo, y a veces falta ese momento de estar y compartir momentos simples de caminar, sentir el viento en la cara, de cocinar juntos o de no hacer, sino ser con uno y con el otro. En eso los abuelos son buenos, y por eso a veces son más cercanos que los padres.

Salir del modo hacer para entrar en el modo ser es fundamental, y se entrena. Paul Gilbert un tipo muy valioso en mindfulness aportó algo muy didáctico en cuanto a cómo son los sistemas de regulación emocional. Él explica que hay dos sistemas ligados al hacer y otro ligado al ser. Están bastante en concordancia con los tres cerebros. Hay un modo hacer que tiene que ver con la supervivencia, eso de tener que hacer y rápido para sobrevivir. Está el otro que es el vinculado a los logros, la competición. Y el tercero,  vinculado al ser que es el que proponemos nosotros en un centro educativo terapéutico donde trabajo con chicos con desafíos en su desarrollo.

Todos tenemos los tres sistemas de regulación, pero lo que intentamos hacer en el centro es cultivar el del ser, la calma y eso requiere práctica. Y todo empieza por parar, es el famoso “stop”. Primero paro y tomo contacto con la respiración que me da mucha información de cómo estoy y cómo me vinculo con el otro. Ayuda a elegir una respuesta para dar, o elegir no darla. Idealmente también observar qué te informa tu cuerpo… si hay emociones, dónde las estás sintiendo.

Trabajás con niños con desafíos importantes, muchos con Trastorno del Espectro Autista, otros con Trastorno Específico del Lenguaje y también con temas neurológicos que dificultan su comunicación. ¿Cuándo nos debería llamar la atención si el bebé no se comunica?

La comunicación está presente desde el primer momento, excede el lenguaje. Hay signos de alarma muy específicos avalados por la OMS, detectores que pueden considerarse desde los 6 meses para estar atentos. El corte grande y compartido es el que se da a los 18 meses. A esa edad un niño debería señalar cosas para compartir algo, eso del “Mirá mamá” pero sin decirlo y también a esa edad empieza a darse el placer compartido. Se puede hilar más fino, claro.

Yo trabajo con niños que desde que nacen se sabe que tienen problemas. Mi hija por ejemplo tiene dificultades neurológicas desde el nacimiento, el diagnóstico era claro y concreto y en su caso la estimulación temprana fue muy beneficiosa. Pero hay veces que el diagnóstico no es tan claro y en esos casos, con un adulto que acompañe y ayude ya basta.

En mi lugar de trabajo, cuando hay una dificultad grave y real desde el nacimiento, a veces me pregunto y nos preguntamos con los terapeutas de las diferentes disciplinas que acompañamos a ese niño, ¿es mejor más terapia? Me cuestiono si no será mejor ofrecerle a ese niño experiencias que lo ayuden a disfrutar mejor la vida, o instancias de “dignidad”, como me gusta llamarles. Instancias en las que puedan aprender a ser independientes, al autovalidamiento, eso los hará más felices.

Por Carolina Anastasiadis

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