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De apego… y sintonía

Desde que nos certificamos con la Attachment Parenting International como educadoras de padres y madres, profundizar en la teoría del apego se ha vuelto tarea –práctica y teórica- de nuestros días. Si bien saber la teoría no hace más fácil la práctica, sí da más luz para ver desde qué lugar accionamos como madres cuando nuestros hijos nos demandan. Conocer sobre apego ayuda a confiar en nuestro ser más instintivo, entendernos como mamíferos que somos, y así detectar cuándo nos desconectamos de nuestra naturaleza amorosa por exigencias que vienen de afuera.

Cada vez hay más evidencia científica que prueba la correspondencia entre el apego seguro y el bienestar –o felicidad- de las personas. De ahí que sea tan importante prestar atención al apego que brindamos cuando somos padres. Por otra parte, el hecho de que el apego esté cada vez más sobre la mesa nos impulsa a revisar nuestras propias infancias, el tipo de apego que recibimos de nuestros padres, para entendernos, sanar si es necesario, y romper así cadenas de desconexión.

Acerca de todo esto conversamos con el Psicólogo Santiago Cabano. Él realizó su tesis sobre sueño infantil y apego y a partir de allí conectó con el Dr. Mario Marrone, discípulo de John Bowlby -el padre de la teoría-. Santiago coordina el IAN (International Attachment Network) desde donde divulga la teoría del apego para mejorar la infancia y, entre otras cosas, trabaja los vínculos padre-hijo con una técnica innovadora que implica una “video intervención”.

Para empezar, ¿qué es la teoría del apego?

Es una teoría que se basa en la evidencia. Lo que demuestra es que el cachorro humano nace tan desvalido que necesita mucho cuidado de los adultos para sobrevivir. El bebé se va a apegar siempre, porque necesita recurrir a esa seguridad para subsistir; el tema es qué tipo de apego le da el adulto, cómo responde a esos cuidados.

¿Qué conductas favorecen el apego seguro y cuáles lo entorpecen?

El apego seguro de un niño va a depender de las respuestas del cuidador. De qué tan sensible éste sea y qué tanto pueda ver más allá de las conductas del niño, sabiendo que sus comportamientos son la punta del iceberg de una cuestión más compleja. Además de darle de comer y bañarlo, los humanos pequeños necesitan que alguien sincronice con sus demandas, con su mundo interno. Y a su vez esos papás deben otorgar a sus niños otras experiencias como valía para explorar el mundo y ser guías para enseñar lo que conviene y lo que no. Lo que puede suceder es que a veces los papás no responden a sus emociones, incluso pueden rechazar las conductas estresantes de los niños, y así los pequeños empiezan a entender que cuando están tristes o enojados no pueden recurrir a sus papás porque los van a rechazar o van a minimizar lo que les pasa. Así empieza a generarse un apego evitativo, donde solo muestran lo que los demás aceptan para sentirse amados. Entonces esos niños empiezan a estar más al servicio de lo cognitivo, exploran el mundo a veces, como estrategia de regulación, viven estresados y en vez de ir a buscar refugio se ponen a hacer cosas. Son futuros adictos al trabajo, por ejemplo. Y en el caso de papás que intervienen de manera ambivalente, que están presentes y a veces no, el niño empieza a tener un faro que por momentos ilumina y por otros está oscuro. Por otro lado, es cierto que los niños se apegan a más de una figura entonces existen combinaciones, hay un vínculo primario pero también otros secundarios que pueden compensar, por lo que no se puede encasillar el nivel de apego de una persona a una sola relación.

Y según tu experiencia ¿es posible que el vínculo se recupere luego de prácticas vinculares poco saludables?

En cuanto a eso soy optimista, creo que siempre algo se puede reeditar, por mínimo que sea. Pero hay situaciones más difíciles -por traumas o lo que sea- que no ayudan a que los adultos estén disponibles para un proceso de transformación. Lo que uno va estudiando es que en situaciones graves, aplicando buenas estrategias y en un buen contexto, siempre se da un beneficio.

¿Qué es la “video intervención” y cómo se usa?

Es una filmación de no más de 10 minutos de una situación cotidiana que ayuda a percibir cómo se vinculan las personas. En mi caso, la uso para recibir más información sobre las vinculaciones entre padres e hijos. Se puede grabar un juego entre ambos o mientras almuerzan, puede ser cualquier situación de la vida cotidiana. A través del registro, primero se buscan patrones “positivos” de intercambio, luego intervenciones “negativas”. Antes de ir a los fantasmas tratamos de buscar las cosas buenas porque toda persona cuando está pasando mal en un vínculo necesita que le refuercen las fortalezas, que todos tenemos. El fin último es aumentar la mentalización de los cuidadores, de los padres o de la pareja tal vez, y con eso intentar que el vínculo con el hijo mejore.

Lo he usado mucho con niños de entre siete y ocho años porque ahí se están iniciando en la primaria y se empiezan a vincular diferente con sus papás. No es una técnica para evaluar el patrón de apego ni mucho menos, lo que hace es conceptualizar el caso a través de entrevistas con los padres que no logran ponerle límites a sus hijos, por ejemplo, o quizás tengan conflictos durante la interacción en los juegos. En función de eso uno propone algo para hacer.

¿Y cómo se sabe que las conductas son verdaderas? Quizás finjan al saber que están siendo filmados…

La metacomunicación nos dice mucho más de lo que queremos decir, uno comunica con las posturas, con los gestos, con partes que no puede controlar. Además, supongamos que seas la mejor actriz del mundo y puedas hacer todo lo que quieras, hay otra parte que no vas a poder controlar: tu hijo. Si el niño entiende que si rompe la torre la madre va a reaccionar de una manera determinada, por más que no lo haga esa vez, la cara del niño me va a decir qué es lo que comúnmente pasa.

¿Qué ejemplo podrías compartir donde hayas utilizado la video intervención?

Un caso real: Un padre siempre veía a su hijo como alguien que le hacía la contra. A su vez, no creía en la terapia y dejó de venir con él. Cuando lo invité nuevamente se animó a volver y tiempo después lo convencí de que quería filmar su vínculo. Al principio el niño no podía quedarse quieto, hacía cosas fuera de lugar, pero cuando su padre hacía gestos de estar tranquilo, el niño mostraba actitudes rápidas pero en sincronía; después volvían de vuelta al distanciamiento. Cuando el padre miró la filmación, lo primero que hizo fue ponerse a llorar. Veía que su niño sonreía por momentos cuando lo miraba. En el siguiente trabajo le propuse que juegue con su hijo, que le demuestre que estaba dispuesto a disfrutar. La vez siguiente, como a ellos les gusta el campo, se me ocurrió ponerles una granja para que armen juntos en cooperación, y entró un elemento que nunca estuvo: el mate. El papá le convidaba mates al hijo. Cuando vio la escena le pregunté qué le generaba esa imagen, y me dijo: estamos compartiendo un mate. Eso ayudaba a que ya no imponga tanto, a respetar la participación del hijo. Cuando pudo ver sus aspectos luminosos y cómo la relación empezaba a prosperar, di el siguiente paso y buscamos patrones negativos. Así pudimos evaluar cómo el niño buscaba seguridad (estrategias de apego), y cómo el papá se hacía de estrategias parentales. La idea después del video es seguir armando la historia para que el adulto pueda conseguir más competencias parentales y así mejorar la relación.

Por Federica Cbash

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