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Reflexiones de un padre separado

Por padre invitado: Nacho Aretxaga

Más allá del dolor de la separación en un matrimonio, hoy quiero escribir sobre las experiencias del hombre separado. El cual, muchas veces es olvidado y de quien no se espera mucho padecimiento en el proceso.

Como dicen, el dolor en una separación es inevitable, pero el sufrimiento y la victimización ante esa separación, es opción de cada persona. Como escribe Jorge Bucay, en la separación hay dolor y se procesa a través del luto, el problema es cuando del dolor armamos una carpa permanente de sufrimiento.

En la mayoría de los casos, el hombre es el último que acepta el fin de la relación, siempre busca una solución, implora una solución, hasta inconscientemente se termina “regalando” con su ex y lo único que logra es que la mujer se sienta más convencida de la decisión. Jamás vi a una mujer enamorarse de un llorón que le dice: “volvamos… aunque sea por los nenes”.

Pero… ¿cómo es la separación en el hombre? En la gran mayoría de los casos, es quien se va de la casa. Te vas… bolso, ropa y afuera. Y ahí quedaron, tus hijos, tu casa, el parrillero, la entraña en el frízer que pensabas hacer el domingo, la caja de herramientas etc… No es fácil, más bien es una piña en la cara; además de separarte de tus seres queridos, te sacan de tu ambiente… Pero bueno, el orgullo del hombre lo hace irse, aunque a las dos cuadras mire el celular por si hay un ruego de que vuelva.

Estás afuera, el trabajo pasa a ser tu refugio, ya no hay llamadas ni recriminaciones sobre la hora en que volvés, te sentís liberado y esa libertad bien direccionada es tu fortaleza.

Después empezás a pensar en las bondades de tu nueva soltería y según te contaron “las minas ahora han cambiado mucho y vas a tener muchas posibilidades”. Te imaginás saliendo, conociendo mujeres por doquier, viviendo una nueva adolescencia los sábados y domingos que “no te toca” con los nenes y entre semana siendo un padrazo y un profesional intachable. Te imaginás esta vida y te das cuenta que no está tan mal. Retomás el gimnasio y si no tenías, te abrís un Instagram en donde todas las fotos dicen solo una cosa “papá sexy con miles de actividades”.

Hacás un repaso mental de los amigos con los cuales vas a reventar la noche…, al principio están todos, nadie falta a los velorios… Pero al tiempo te das cuenta que la noche no es el paraíso y que juntar a lo sumo dos amigos, es más difícil de que juntar a Trump con Maduro.

Ves a tus amigos casados, que tienen problemas pero la pilotean, ves a tus hijos y te viene el sentimiento de culpa… Y todo lo que parecía que estaba buenísimo te empieza a incomodar.

Y sufrís, y te culpás, y te enojás y te instalás en el pasado a retorcerte. Planeás en tu cabeza una vuelta con tu ex, apelás al pasado, al nacimiento de los nenes, al viaje allá o acá o todo lo que logramos juntos. A las dos horas, te das cuenta que la receta del fracaso es tratar de salvar el futuro con recuerdos del pasado.

Pero bueno, llega el lunes, te metés en la rutina y seguís para adelante, dejando pasar el tiempo y subiendo y bajando, estando bien, mal o muy mal. Hasta que un día con la ayuda del tiempo, como le pasó a Siddhartha Gautama cuando se convirtió en Buda, te sentís iluminado. Te das cuenta que la solución no está en tu ex o en quien puedas conocer rápidamente, sino que está en vos mismo, está en enamorarte de vos. En entender que la felicidad no está en el mundo exterior sino en tu interior y darte cuenta que esto que estás viviendo está bien y es una oportunidad única.

Salís del bosque oscuro y decís “opa…, ya no se me aprieta el pecho… me siento bien, estoy feliz”. En ese momento te das cuenta que tu ex no era una posesión, es una persona y el apego que sentías por “tu” mujer, es solo fruto del miedo. El pasado está muerto y ahora vivís la armoniosa incertidumbre del presente. Ya no seguís dando vueltas en esos recuerdos, vos y tus hijos viven el hoy y los tenés enfrente.

Si estás en una etapa parecida, viví el hoy, olvídate del pasado, soltalo sin rencor y no lo juzgues ni critiques. Si saliste herido o te pegaron duro en tu ego, soltá igual. El rencor te enferma a vos y no te deja avanzar. Tampoco te condenes por lo que no hiciste o por lo que dijiste, no te resistas. No te pares en los buenos recuerdos, por más soñados que hayan sido, no dejan de ser pasado y no hay forma de volver a ese lugar. La vida es HOY.

Cuando te encontrás contigo, empezás a sentirte bien siempre, solo, con los nenes, en una salida o si de los 40 amigos que pensabas que iban a estar, al final ni te contestan las invitaciones a “tomar algo”… no importa, vos estás bien, en paz, sos feliz solo. Si hay paz adentro, el mundo exterior no condiciona tu estado de ánimo.

No necesitás salir con una morocha despampánate para volver a reflotar tu vida. Necesitás estar bien y en armonía, ser feliz y que esa felicidad la puedas compartir con otra persona.

¿Y qué pasa con los nenes? Los nenes van a estar bien, dales amor y cuando estén contigo busca la calidad y la calidez de un padre. No son fáciles los primeros fines de semana solo con ellos, antes las tareas se repartían y ahora no, pero sé paciente, no les grites, sino cuando los dejes en la casa de la madre te vas a arrepentir. Paciencia, son niños, no adultos.

En la separación, la situación del padre no siempre es contemplada, se va de la casa, no ve a los hijos con asiduidad, tiene que seguir pagando muchas cosas y es siempre al que le cuesta aceptar que se terminó la relación. Sin embargo, tenemos dos grandes medicinas, la introspección y el tiempo. Con estos dos elementos te darás cuenta que no hubo fracaso, todo lo contrario, es una oportunidad para crecer, para mejorar y para abrir la puerta a un estado de felicidad superior al que tenías cuando sonó el portazo y vos quedaste del lado de afuera.

Seguí adelante, confiá en vos y en lo que valés, y nunca dejes de reírte ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa…

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