Mamáaaaa!, Ser
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Mirá mamá

“Mamá, yo me veo en los ojos de todos”. ¿Cómo que te ves en los ojos de todos, Fran?, le digo. “Sí, cuando miré a Mateo, me vi. Y siempre es así”, me dijo mi pequeña de 5 años mientras la subía a la sillita del auto, saliendo del supermercado.

No sé qué disparó su comentario, pero me dejó pensando en lo simple y a la vez profundo de esa apreciación suya. Porque además hace días vengo pensando sobre el poder de la mirada, en todo lo que revelan los ojos. Entre adultos y de los adultos hacia los niños. Entre humanos, digamos.

El biólogo chileno Humberto Maturana, que ha escrito mucho sobre el amor desde un enfoque biológico, afirma que antes que nada, el lazo entre dos personas se establece cuando uno mira y legitima al otro. O sea, que el otro existe para nosotros en tanto lo miramos. ¡Y claro! Aquello que no miro, no existe en mi mundo; a la vez que aquello que sí miro es parte de él, más allá del lugar y atención que le dé a cada uno de esos detalles elijo mirar y hacer existir.

No hace tanto me enteré en un taller sobre las necesidades del bebé, que no nacemos sabiendo mirar, nacemos con la posibilidad de ver, y que son los padres que inducen esa posibilidad de mirar en el niño. Los papás, educamos la mirada; dirigimos la mirada del niño haciendo que sus ojos vayan hacia nosotros, hacia sus manos o a los objetos que queremos que capten su atención. Y así empezamos a educarlos; miramos las cosas, se las presentamos, y vamos sin querer –o queriendo- codificando su mundo y sus emociones. Me pareció revelador.

La mirada legitima la existencia del otro y de lo otro. Damos valor a quien miramos, porque mirar es ver con atención y la atención es en definitiva amor –en su sentido más amplio- ¿O no le damos atención solo a aquellas cosas que son importantes para nosotros? Con la mirada pasa eso siempre. Mirar es dar algo de nosotros al otro; y sucede también que cuando no recibimos esa mirada que queremos, duele. Pregúntenle a un bebé si no es así, o a ese niño que te dice “mirá mamá”. Pregúntenle a quienes amen. O pregúntense ustedes mismos cómo se sintieron cuando no recibieron la atención de esos ojos que buscaban. Los adolescentes son expertos en este lenguaje.

La mirada construye un puente, establecemos vínculos a través de la mirada. Podemos construir o destruir una relación a partir de los ojos. La mirada es una puerta que abrimos para que salga algo de adentro, y lo expresamos. Queramos o no. Porque las miradas hablan siempre y dicen verdades; revelan intenciones. Es imposible fingir amor en los ojos, así como el desamor también se desviste ahí. No hay tutía.

Increíblemente esa mirada de la que hoy podemos hablar, se educa en la primera infancia.

Alguna vez conté en este blog una sensación extraña que sentí al ver a mi primera hija, siendo bebé, mientras la amamantaba. Me quedó grabada. Ella tomando teta, a esa distancia perfecta entre su cara y la mía, me miró y sentí que era un pedacito de mí, que la conocía de antes, que algo de ella era mío o que yo era de ella. Tal vez ambas cosas, pero esos ojos no me eran ajenos. Me vi ahí. Sentí eso que sentimos cuando encontramos ojos familiares en medio de una multitud; aunque ella tenía solo dos días. Nuestro vínculo ya era real; ya habíamos empezado a construir nuestro puente. Cuando uno se encuentra en la mirada del otro se da conexión y esa conexión nos aliviana pesares, desestresa. Tal vez sea eso lo que a veces nos falte como mamás –acá hago mea culpa-: andar lo suficientemente atentas como para mirar a nuestros hijos con atención y no solo verlos, darles esa mirada que los llene de aliento, de amor, de autoestima. Que los haga sentir amados e importantes, legitimados y valiosos; lo suficientemente buenos como para que se animen a probar y explorar el mundo. Para que miren todo con la atención que se necesita para que su mundo se enriquezca de lo que elijan mirar. Y nos espejen.

Por Carolina Anastasiadis

Fran y su mirada cómplice

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