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Lorena Estefanell: “La forma en como las personas tenemos conversaciones difíciles es un gran predictor de cómo se va a desarrollar la relación”

La trama humana es compleja. Entre lo que pensamos, lo que queremos decir, lo que creemos decir, lo que finalmente decimos, y luego lo que queremos escuchar, lo que escuchamos, lo que creemos entender y lo que finalmente entendemos, existen demasiadas posibilidades de malentendernos.

No siempre estamos conscientes de cómo nos comunicamos, hay muchas necesidades y emociones detrás de lo que sentimos y decimos. Por eso es una enorme habilidad aprender a conversar bien. Como padres, madres, hijos, amigos, empleados, jefes, etc., en cualquier rol que nos toque desplegar, saber hablar es sin dudas un gran diferencial que nos hace la vida más llevadera.

Lorena Estefanell es Psicóloga, Directora de la Maestría de Psicoterapia de adultos, parejas y familias de la Universidad Católica, y es además consultora de CMI Interser donde imparte unos talleres sobre “Gestión del tiempo” y “Conversaciones difíciles”. Hoy hablamos con ella sobre cómo conversar bien, en qué trampas solemos caer las personas cuando nos sentamos a hablar,  y sobre qué debemos tener en cuenta para generar un diálogo productivo en el que las dos partes involucradas nos sintamos a gusto.

Para empezar, ¿qué hace a una conversación, difícil?       

A veces las personas creen que las conversaciones difíciles son complicadas por la sensibilidad del tema, como política, dinero, religión, aborto, pedir un aumento, entre otros. Y en realidad se puede tener una conversación difícil sobre cuál es el mejor helado de dulce de leche de Montevideo. Quienes hacemos difícil a una conversación somos nosotros. Hay formas en que las personas conversamos que complejizan todo más allá del tema. Siempre van a haber tópicos “complejos” pero la forma en la que uno conversa sobre ellos y otros temas, es la clave. Hay investigaciones bastante consistentes que marcan que eso parece ser la diferencia entre una conversación provechosa y una poco útil.

¿Cómo sería una conversación productiva? ¿Qué debería estar para que sea exitosa?

Una conversación productiva no es llegar a un acuerdo. Ese es el primer error que la gente comete. Piensa que la conversación fracasa si no llegamos a un acuerdo o si no pensamos igual. La conversación exitosa se da cuando ambos nos podemos entender, cuando los dos tenemos la posibilidad de exponer nuestros puntos de vista con respeto, abordando el tema en profundidad y manteniendo una buena relación. O sea que una conversación productiva puede terminar en un divorcio, en la ruptura de una relación con un cliente o un proveedor con quien se decide dejar de trabajar, por ejemplo. Productiva quiere decir que nos pudimos meter en el tema en profundidad, pudimos comprender el punto de vista del otro aunque no lo compartamos, y el otro pudo comprender el mío. Podemos pelearnos bien y mantener una buena relación. Porque por lo general las conversaciones difíciles son con personas que nos importan.

¿Y qué pasa cuando no hay acuerdo con las personas cercanas?

Hay una cantidad de problemas que son perpetuos en los vínculos. De hecho hay estudios contundentes sobre las parejas que demuestran que los problemas por los que pelean a los seis meses de noviazgo son los mismos que aparecen a los 20 años de relación. La cuestión para mantener una buena relación es saber pelear bien, saber discutir los temas en profundidad. Las discusiones en sí no son malas, solo hay que saber llevarlas adelante con respeto y abriéndose al punto del otro.

En general, no es un problema no llegar a un acuerdo, de hecho hay muchas conversaciones que terminan en acuerdos mal hechos, donde los conflictos se barren debajo de la alfombra para poder convenir. Tampoco es bueno pensar que lo mejor es no pelearse, de hecho es imposible, porque los vínculos están llenos de aristas, de malestar, de discrepancias. Sin dudas, la forma en cómo las personas tenemos conversaciones difíciles es un gran predictor de cómo se va a desarrollar la relación. La manera en la que hablamos es más importante que los acuerdos que podemos llegar a hacer.

¿Cuáles son las razones principales por las que no sabemos conversar de forma asertiva?

Porque en general sabemos cómo va a terminar la conversación. El problema con las conversaciones difíciles es que lo más complicado está en el fondo del iceberg. En realidad nos hundimos por todo lo que no vemos de la conversación, que no se trata del tema en sí, sino de las descalificaciones, de la atribución de intenciones, de cuestiones de identidad, sobre quién es quién y no se habla del problema en concreto.

A través del taller que damos de conversaciones difíciles, buscamos que la gente se dé cuenta de lo que sucede en la conversación, algo que llamamos razonamiento emocional, donde se busca desmenuzar los conflictos que uno tiene consigo mismo. Por ejemplo, si uno no se valora va a sentir que el otro lo desvaloriza, y si uno parte de la base que es así, si ni siquiera revisa eso que siente, es muy difícil de cambiar. Además le está echando la culpa, “el problema es que no me valorás a mí”, entonces si es la culpa del otro, yo soy inocente. ¿Quién va a conversar en el banquillo de los acusados? Nadie. Además se está poniendo un montón de contenido interpretativo que no quiere decir que así sea. Es una lectura posible, no la verdad absoluta.

Pongamos el ejemplo del orden de la casa, algo muy común que sucede. Capaz el otro deja todo desordenado porque no le afecta tanto la desprolijidad como a mí, pero uno siente que no lo valoran. Si la conversación es sobre si me valorás o no, sobre si me querés o no, nada bueno va a salir de allí, se va a transformar en un circuito sin salida.

En el Gottman Institute donde se estudia mucho a las parejas y su evolución, existe una metodología muy efectiva para conocer cómo una pareja conversa. Se les pide que conversen sobre un tema que discuten habitualmente por diez minutos. Y ahí se ve claramente cómo hay descalificación, críticas, como cuando uno habla el otro tiene una actitud de fastidio, infieren lo que siente el otro y no hablan de sí mismos, traen emociones enmascaradas (hablan desde el enojo pero no del dolor, que es en realidad lo que hay debajo) y en poco tiempo podés darte cuenta cómo es el nivel de conversación de esa pareja. Lo mismo sucede entre padres e hijos; los padres se quejan porque los hijos se portan mal; primero pensemos esto, ¿según el punto de vista de quien se portan mal? Segundo, hay una razón para que el hijo haga lo que hace, pero si te dirigís hacia él culpabilizándolo, seguramente no comprendas el porqué de su conducta ni obtengas algo bueno de la conversación.

Entonces, ¿qué es lo que hace difícil a una conversación?

Son complejas porque implican emociones; emociones que casi siempre terminan en el dolor. Pero todo se complejiza cuando en vez de mostrar la emoción real mostramos enojo, rabia, ira y no lo que se siente realmente. Cuando uno se enoja se le activa el cortisol en sangre, que básicamente convierte al otro en un enemigo y el objetivo inconscientemente pasa a ser destruirlo. Si estamos enojados va a ser difícil que conversemos bien.

¿Cómo sería una forma productiva de hablar?

Describir lo que sucedió en base a datos y decir cómo te sentiste con respecto a eso. Hablando de vos, haciéndote responsable de tus propias emociones y no de lo que hizo el otro. Haciéndote cargo de cómo leíste vos esa información porque el otro puede tener otra hipótesis al respecto. Cuanto más flexible seas con respecto a tu punto de vista, más apertura vas a tener para escuchar.

Hay una variable que hace muy saludable a las personas que es la Metacognición. La Metacognición es darte cuenta de lo que te pasa y de lo que sentís. Es estudiarte a ti mismo. Lo primero es observar tus estados emocionales, que son tuyos, el otro puede tener otros. Se trata de una habilidad muy superior, que escasea en la mayoría de las personas. Es entender que el otro siente de manera distinta y no por eso está equivocado. Comprender que yo puedo ir a la conversación con mi punto de vista y abrirme al otro que llega con otro bagaje, con otra información, con otra visión. Esta variable es muy importante para mantenerse flexible y así construir juntos una nueva forma de funcionar.  

Las relaciones humanas son complejas, en general nos fijamos más en el otro y le atribuimos muchas intenciones…

El creer que soy capaz de leer cuáles son las intenciones de la mente del otro, es una distorsión muy común en la que caemos todos. Pensar que soy capaz de leer las emociones del otro y atribuirle intenciones es algo muy humano, siempre hacemos suposiciones, el tema es darte cuenta que es una lectura. Una cosa es lo que vos suponés y otra es la realidad. Pero más allá de esto, hay que preguntarse hasta qué punto conocer las intenciones del otro va a modificar el impacto. Primero, si la intención fue buena o mala va a depender mucho de lo que sientas hacia esa persona, si me cae bien la intención va a ser buena, si me cae mal la intención fue la peor. Por eso no conviene conversar sobre estas cosas sino decir: “Mirá, no sé cuál fue tu intención y tampoco quiero hablar de eso. Capaz que fue la mejor, pero a mí no me gustó lo que hiciste. Este fue el impacto que generó en mí.” Y eso es muy válido porque estás hablando de lo que te pasó a ti y haciéndote cargo de lo que sentís. Eso es incuestionable. Además no conocemos todo del otro por más cercano que sea, así que hacer inferencias sobre lo que el otro siente es entrar en un terreno incierto. Hablemos de lo que sí sabemos que es de nosotros mismos.

 Por Federica Cash

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