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Siete hermanos

De chica, no había nada que me gustara más que ir a casa de amigas. Admiraba el orden, la heladera generosa, la cama cuidadosamente tendida, la perfección del silencio que solo puede escucharse cuando hay poca gente. Me encantaba la tranquilidad y la posibilidad de tirarme en un sillón, sin tener que ceder espacio.

¡Gracias por (no) venir!

Te lo advierten antes de tener al bebe aquellos padres que ya pasaron por la situación, pero a priori no parece algo relevante cuando todavía falta atravesar el parto. En ese momento, solo  nos invade el deseo de que sea sanito, la expectativa de conocer su cara, su parecido, y la incertidumbre de cómo será eso del “amor verdadero”.

Madrinas por la vida

Las publicidades de pañales y de aparatos de mosquitos -por lo general- muestran bebés divinos, gorditos, de ojos azules y sonrientes, que esperan apaciblemente a sus mamás en la cuna. Las mamás de esos avisos tienen caras plácidas y radiantes que llenan la pantalla con sonrisas de oreja a oreja; cambian pañales con alegría y luego apagan la luz para que los bebés se duerman solos y tranquilos.

Un pedacito de mí

Alfonsina duerme, se sobresalta de repente, empieza a llorar y se despierta. Ha hecho lo mismo en más de una siesta y alguna noche del último mes. También la he escuchado sollozar en la noche, como afligida, sin despertarse. Me angustié al darme cuenta que eso iba a determinar lo que signifique para ella la angustia en su escala de sentimientos; su primera angustia y yo que no puedo hacer nada. ¿Qué habré hecho mal? ¿Por qué sueña así si cuando está despierta está contenta? Me duele. No quiero que con cuatro meses experimente eso.