Home, Mamáaaaa!
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La vecina

Cuando me mudé al apto en donde vivimos desde hace un año, pasé semanas sin sillón, sin tele, sin mesa. En pleno cambio de vida, de casa nueva y vida nueva, quise tomarme el tiempo (que tampoco fue mucho, pero no fue ansioso) para decidir qué muebles quería que me acompañaran a vivir.  Al estilo Marie Kondo, quería que todo lo que estuviera en ese nuevo metraje -chico, por cierto- me diera felicidad.

El sillón llegó a las pocas semanas, la tele muchísimo después, y antes que la mesa llegó una preciosa biblioteca. Sinceramente no sé si porque fue de lo primero que tuve o de lo poco que hay para mirar, pero cada persona que me visita desde entonces, repara en ella. Es de esas tipo escalera, recostada contra una pared, de un color que no es blanco y tampoco es gris. Como usada, pero nueva. Cansada de tanto libro, eso sí.

Me gusta estar en casa. Logré ese propósito. Hay mucha luz y la vista despejada me da el aire que necesito para pensar. Es un lindo lugar y lo disfrutamos mucho con las niñas. En estos días estamos más horas que de costumbre, como todos, y si bien a veces se torna agotador el mismo paisaje día tras día, pasamos bien.

Como en todas las casas, en esta también sucede de todo. Y en tiempos de encierro, ya cansada de pensar alternativas de juego, me puse a imaginar qué estaría pensando mi vecina sobre nosotras.

Sobre todo lo pensé una tarde cuando, mientras colgaba la ropa y relojeaba la verdura que estaba en el horno hacía como 20 minutos, mi hija mayor a quien había tratado de convencer durante media hora que por favor se entrara a bañar porque ya íbamos a comer, me pedía “agua mamaaaaaá!!”, a gritos y mirando dibus. Sin pasar por la ducha, obvio. Eso sucedió al mismo tiempo que la chiquita me avisaba desde el baño que ya había terminado (“vení a limpiarme, mamaaaaaá”). Grité como una desquiciada. Hay momentos en que no hay yoga ni meditación que me alcance para  permanecer centrada. Capaz es de desquiciada, capaz es de humana. Ustedes dirán. Hay momentos en que por más razón y equilibrio que le quiera poner al asunto, la balanza tiene de un lado a la madre, limpiadora, cocinera, llevaytrae, teletrabajadora, maestra y extras varios. Y se des-fon-da. “Tengo solo dos manos, Alfo, termino de colgar la ropa y voy. ¿Podés ir a ayudar a tu hermana?”. El tema no es lo que dije, sino el cómo. Un feo cómo. Muy feo.

Me dolió al instante. Y me dio vergüenza al ver que la ventana estaba abierta. Hacía media hora el portero por mensaje preguntaba –mandado por la vecina- si estaba todo bien, porque la señora del piso de abajo escuchaba golpes en el piso. Y sí, mis hijas de 4 y 6 años, tras 6 semanas de encierro encontraron la manera de transformar el living en un mini set olímpico. Saltan. Bailan. Hacen ruedas de carro. ¡Son niñas! Y eso mismo le respondí al portero, para que alivianara el pesar de la vecina.

A esta altura sé que esa misma vecina (que tiene nietos, según me dijo, aunque jamás los vi en el tiempo que llevo aquí) piensa que soy una madre loca. Que grito. Que mis hijas hacen de la casa un gym y que en el 601 pueden suceder cosas muy raras…que pasamos del rock a la meditación en menos de lo que dura una canción. Que cantamos a coro algunas canciones que nos enloquecen y que sí, a veces también bailamos de manera ruidosa, nos encanta. También tocamos guitarra, porque tenemos dos, aunque ninguna sabe un acorde y muuuchas veces hay dibujitos y dos niñas parlanchinas  recreando diálogos de memoria. Llevan un mes y medio practicando. Imagínese, señora.

Ya no sé qué es la normalidad. Pero esta es la nueva normalidad de mi casa. Lo que sí sé es que ella no ve ni escucha lo más importante que también ocurre en el mismo cuadrilátero. Porque lo importante de mi vida, no sé si es por personalidad, gusto o discreción, siempre sucede en modo bajito.

Con seguridad no escucha que detrás del reto hay una niña que viene cabizbaja y llorisqueando a decirme “mamá, sos linda”…o que la grande viene a buscar individuales para ayudar a poner la mesa porque sabe que se portó mal, que entre ellas pasan horas en silencio jugando a las maestras porque extrañan la escuela o que de noche la grande me abraza y me dice “te quiero, mamá” y me propone decirlo a coro con un abrazo todas las noches. “No nos podemos olvidar”.

Las cosas importantes en casa, se dicen, pero sin testigos. Tampoco es cuestión de andar ventilando todo. Y sí, la próxima vez que me llegue un  mensaje del portero que pone la voz por la vecina y pregunte si está todo bien en la casa porque se escuchan ruidos, le voy a decir la verdad: dígale que acá hay amor, pero sobre todo, hay vida. Espero no le moleste.

Por Carolina Anastasiadis

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