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Madre paciencia

No tengo paciencia. Si bien me gusta siempre apreciar lo que hay, más que la falta, con la paciencia me sucede que soy realista, y tengo plena consciencia de su carencia; nací con el tanque vacío. Cuando estudiaba filosofía en el liceo, recuerdo leer sobre la modernidad y posmodernidad y sentirme parte viva de ese engranaje de videoclip en el que se había convertido la vida; eso de lo urgente me parecía lo más natural, y pensaba ¿qué sentido tiene esperar si se puede tener ya? Yo habitaba la liquidez en todas sus formas.

Cuando estaba en jardinera, con 5 años, mi maestra Isabel mandó llamar a mamá porque estaba preocupada: “Señora, su hija termina de pintar y apoya la cola en la punta de la silla, para salir disparada cuando toca el timbre, no sabe esperar”. Mi madre no hizo de eso un drama porque ella era igual y papá, a pesar de tener un aplomo más innato, tenía su cuota –velada- de ansiedad. La pereza nunca fue una condición de nuestro linaje. La ansiedad y el uso del tiempo de manera productiva sí son características de los Anastasiadis. “Carola, tráeme una cuchara” y allá iba yo, corriendo, porque desperdiciar 3 minutos yendo y viniendo a la cocina, revolviendo cajones en pos de encontrar esa cuchara, significaba 3 minutos menos de juego. Crecí en una casa donde había dos creencias imperantes: 1. Al tiempo hay que aprovecharlo bien. 2. Hay tiempo para hacer todo; solo hay que organizarse. Incorporé esas creencias como verdades absolutas. El tiempo VALE. El tiempo VALE. Correr, correr, correr.

De chica me compraron un cronómetro, me lo trajeron de viaje porque acá era algo difícil de encontrar, y en secreto empecé a contar cuántos segundos  demoraba la gente en hacer las cosas. Mi abuela tardaba 4 minutos desde que timbraba el portero eléctrico y golpeaba a la puerta de casa. Papá demoraba 12 minutos en el baño antes de irse a acostar  -a veces se entretenía con revistas, algo típico de nuestro linaje también-, mamá necesitaba 7 minutos para calentar 5 platos de comida en el micro cada noche, y todos demorábamos infinito para dormirnos. En las noches me dormía de aburrimiento al ver pasar tantos segundos, minutos y horas, y me dormía contando ovejitas…de verdad, las visualizaba.

A veces pienso que ese temita del tiempo fue determinante en mi condición de atleta, dado que eso de correr la mayor cantidad de metros en el menor tiempo posible tiene una lógica que apliqué toda la vida, con un grado de eficiencia que me permitió hacer muchas cosas, pero con una contrapartida carísima que intento revertir desde que nacieron mis hijas. Andar a las corridas, te hace perder de vista la dimensión más vertical o profunda del tiempo, la capacidad de disfrute. Para eso una tiene que saber perderse en las horas. Y perderse es soltar, todo lo contrario al control.

Agradezco a esta cuarentena que a su manera derribó de un plumazo mi creencia del tiempo. De un día a otro la sugerencia fue clara: quedate en casa. Andábamos a 100 kilómetros por hora y sin bajada de revoluciones previas, nos pidieron que pusiéramos freno de mano. Y llegó el GRAN aprendizaje para los Anastasiadis. Aunque mamá se empeñe en cocinar por lo menos 5 tartas en una mañana –que reparte entre los hijos, no sin antes compartir las fotos por whatsapp-, haga dobladillos, blanquee manchas de alguna ropa de invierno que estamos empezando a sacar y le alcanzamos con amor porque todos sabemos que ella nació para hacer y es feliz estirando al máximo la capacidad del reloj. Para ella, la espera es siempre activa. Y aun en cuarentena, un día le rinde lo que una semana a una persona cualquiera.

En mi caso, aunque sea mamá pulpo como la mayoría de las mamás reales, la maternidad me enseñó que hay un tiempo imposible de saltar, que la paciencia es la madre de las buenas madres, y en esta cuarentena terminé de probarlo, pero además confirmé más que nada que la paciencia es sobre todo la madre de las maestras. En la repartición inicial de cualidades, a ellas, de eso les llenan el tanque.

Ayer, mientras intentaba avanzar en un libro que pretendo leer por trabajo, fui testigo silenciosa de la clase virtual de una de mis hijas. La dejé frente a la compu una vez que vi que estaba la maestra y los compañeritos se iban sumando. El resto lo seguí de manera auditiva y me compadecí del desgaste energético de esa maestra en media hora de zoom. ¡Qué gimnasio ni gimnasio! Un par de zooms por día y cualquiera termina detonado. Con niños chicos es peor. “Hola Juan, cómo estás?”…silencio. “Juan, creo que tenés el mircrófono silenciado”. Silencio. “Juan, mi amor, ¿viste que hay un micrófono rojo, abajo a la derecha? Bueno, apretá ahí”. Silencio. “Bueno chicos, seguimos con Manu mientras Juan soluciona el micrófono. ¿Cómo estás Manu?” “Bien” responde a secas. “¿Trajiste la silueta del niño que dibujamos ayer?”-la amorosidad se le sale por los poros, y me convenzo que debe ser una materia dentro de la currícula de magisterio-. “No, lo dejé en la casa de mi papá”. “¡No importa! Igual me podés contar de qué color pintaste la camiseta.” Estrategias por mil, entusiasmo, o sea, paciencia en sus otras caras. Y a mí que a la primera de cambio, cambio de actividad, eso me maravilla.

Mientras Manu contestaba, de fondo escucho a un padre retando a una niña que no era parte del zoom –asumo que alguna hermana- y otra voz llamando a gritos al perro. Pero además, Juana, María y Pili conversaban entre ellas –porque esto es un aula, virtual sí, pero aula al fin-.

En estos días admiro el laburo minucioso, silencioso y paciente de las maestras. Confieso que me da pereza estar hablando de vocales o de consonantes, unir los osos con los osos, los perros con los perros, cantar las rimas. Me da fiaca, y el doble de fiaca me da sacar foto a cada ejercicio, para subirlo a la plataforma, por hija, por “materia”, por día, por semana…No estoy al día. Ni lo estaré, ya lo sé. Yo quería ser mamá, no maestra, porque me doy cuenta que para ser maestra se necesita una dosis de paciencia que nunca tendré. No está en mi diseño. Entreno, entreno, pero nunca llego. Que alguna me avise si se consigue online.

Por Carolina Anastasiadis

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