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Los niños nos SIENTEN, luego nos entienden

Hace unos años escuché una frase que me voló la cabeza, además de desorientarme fuerte. Era simple. Sigue siéndolo. Llana incluso, de esas que se escuchan seguido, pero que pocas veces se repara en su verdadero y profundo significado.

“Los niños no aprenden tanto de lo que se les dice, sino que aprenden más a partir de vernos. Pero mucho, mucho más, aprenden de lo que somos”. Me la dijo el Psic. Ale De Barbieri al poco tiempo de estrenar mi maternidad. Al instante sentí que, con la llegada de mi primera hija al mundo, ya no valían ni los títulos, ni roles, ni rótulos que me habían definido hasta el momento: valía mucho más quién fuera. Más allá de etiquetas. Básicamente me di cuenta que tenía que de-construirme y reconstruirme de a pedacitos en esta nueva vida que yo como madre, comenzaba con ella.

¿Cómo que aprenden de lo que somos? ¿Cómo hago para que aprendan algo bueno a partir de lo que soy? Y más hondo aún: ¿Quién soy? ¿Cómo quiero ser? ¿Qué hay de bueno en mi?

Experta en hacer, hacer y hacer como era hasta el momento, caí en la cuenta que para ser una “buena mamá”, simplemente tenía que SER. Sin tanto esmero de movimiento, pero sí mucho esmero en sentirme y habitarme, con lo que fuera que hubiera dentro. Descubrir eso y trabajar los aspectos más oscuros o corregibles. Pulir esa esencia invisible que transmito –me guste o no; quiera o no-.

Estuve años masticando esa idea, escribí un libro sobre ello (Descubrir el Ser, por si se lo preguntaban :), poniéndole el cuerpo casi a modo experimental a esa idea de que los niños aprenden más por lo que somos que por lo que ven o les decimos; me tomé seriamente eso de entender cómo es que de verdad funcionamos. En ese camino, empecé a notar que el 99% de las veces que mis hijas estaban “difíciles”, en realidad, estaban respondiendo a un estado mío que no estaba del todo bien y del cual yo no era demasiado consciente. Que cada vez que las sentía fastidiosas, había alguna parte de mí fastidiada, intranquila. Que el vínculo fluye mejor una vez que se calibra mi estado con el de ellas, que al final es todo cuestión de humor, ánimo y vibración. Que cuando una se siente bien, anda de una cierta manera que devuelve mejores reacciones infantiles que cuando el estrés o el malhumor es el puntapié inicial (que emanamos por defecto).

Al tiempo di con la nota de una física canadiense que estudiaba más científicamente esto. Ella afirma que existe y es perfectamente medible ese “radio” que emanamos alrededor, esa energía que transmitimos y que sale desde nuestro pecho y va hasta dos metros hacia fuera. Algunos tenemos mayor resonancia, otros menor; a algunas personas las sentimos a llegar al lugar, otras son más silenciosas incluso en cuanto a lo que emanan. Y todos sentimos (un poco o no tan poco) el nivel de energía de los otros. Al leer a esta señora (Annie Marquiere) me cerró más todavía la frase de Ale de Barbieri. Los niños NOS SIENTEN, antes de entendernos. La comunicación es primero sensorial, luego verbal o racional. Es así en los animales (todos), y nuestros bebés son primero cachorritos que sienten nuestra alegría y también nuestra tristeza.

Los bebés, cuyo córtex prefrontal (que es básicamente donde se localizan las funciones más “racionales”) está muy poco desarrollado, son expertos en sentirnos y en leer nuestros estados. Luego la vida, la escuela y la cultura los lleva a empezar a pensar; pero nacen sabiendo sentir. El ser humano es así por diseño.

Todo esto para decirles que cada vez creo más que la maternidad es un puente directo a una búsqueda profunda del Ser de cada uno. Que si nos animamos a tomarla como escuela, termina siendo un gran despertador de consciencia y de autoconsciencia para responder a esa pregunta de ¿Quién soy?…y ¿cómo quiero ser? Una vez a Bert Hellinger (creador de las constelaciones familiares) le preguntaron si era una persona espiritual. Y él respondió: “espiritual es una madre que cría hijos” -palabras más, palabras menos-. Y yo que no creé ninguna constelación pero tengo dos hijas que me enseñan y espejan cada día, estoy completamente de acuerdo.

Por Carolina Anastasiadis

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