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Aprendizajes de verano

Estas vacaciones estuve jugando al ajedrez con mi hija mayor, Alfonsina, y, entre otras tantas cosas –cabecita non stop-, me puse a pensar en la importancia de enseñarle, que más allá de las circunstancias, siempre hay una manera de hacer lo mejor con lo que toca.

Cuando la vida te da limones, hay que hacer limonada, dijo alguien alguna vez. Pero es cierto que la vida no da la misma cantidad ni calidad de limones a todos. Nacemos en casas distintas, con diferencias emocionales y materiales que influyen inevitablemente en nuestro rumbo y en nuestro cielo.

Pero siempre hay algo que podemos hacer, con esa responsabilidad todos nacemos. Lo vi claramente en ese tablero de ajedrez, y es que la partida empieza siempre con una cantidad de piezas y de nuestros movimientos depende obtener el mejor resultado; el bienestar, si llevamos el tablero a la vida. Y si entendemos el bienestar como ese objetivo último que perseguimos todos, que en ajedrez sería ganar.

Soy madre separada. Es un tema recurrente para mí, el cuestionamiento sobre si mis hijas no estarán arrancando un par de casilleros atrás, con piezas de menos. Viví la separación con el dolor que implica dar de baja un plan tan importante, pero con la confianza de saber que a pesar de la “pérdida” (de la reina, según mis creencias), podía hacer buen partido con las otras piezas bien jugadas.

Lo que para muchos a priori era un bajón (¿uy, te separaste? ¿Cómo vas a hacer?), para mí con el tiempo se transformó en oportunidades. Me quitaron a la reina, pero descubrí valores y fuerza en piezas que antes ni siquiera veía. Así armé primero mi mundo de “sola”. En inglés hay dos términos para hablar de soledad: solitude y loneliness. La primera es la soledad que se disfruta y elige, la segunda, la soledad de la que todos queremos escapar.

Lo que la gente veía como “loneliness” yo lo sentía como “solitude”. Me enamoré al redescubrir de qué se trataba la partida, al ver fortaleza y vulnerabilidad en cada una de las piezas con las que había llegado a mis 35 años y con idear la mejor manera de ganar aun habiendo perdido una pieza esencial.

Ese primer mundo, es el que debe estar más armado para que los otros funcionen. El primero que tenemos; nacemos solos, morimos solos. Nadie vive por nosotros. Nadie sufre por nosotros, nadie disfruta por nosotros.

El segundo mundo es mi vida de madre. Con menos piezas, el sistema demoró en acomodarse para finalmente aprender a disfrutar de esas niñas los días que estaban conmigo. ¿Serán pocos? Depende. Me pregunto si estaba realmente conectada con ellas cuando las tenía al lado 24/7? O si, por el contrario, no tener respiro ni tiempo en mi mundo «sola» me hacía una mamá más apagada, más reactiva y menos receptiva. Me lo sigo preguntando.

El tercer mundo llegó con mi pareja actual. Recuperé la consciencia de amor. Y el amor sano salpica siempre todos nuestros mundos y los potencia.

Pero, volviendo al ajedrez y a esas partidas de verano con Alfo, es una certeza que la vida es desigual para todos. Pero también sé que, tanto la experiencia como qué tanto jugo le hayamos sacado a esos limones ácidos (la conciencia que tengamos), nos ayudan a detectar la mejor respuesta posible en cada momento. Eso traté de explicarle a Alfo mientras jugábamos.

Esas horas de ajedrez sirvieron para ver dos cosas:

  1. No conozco partido de ajedrez que termine con las mismas piezas que arrancó. Moverse es parte de vivir y de jugar. Con algunos movimientos perdemos, con otros descubrimos nuevos caminos para llegar al objetivo. Lo más importante: hacer lo mejor que podamos hacer, con las herramientas que tenemos.
  2. La vida es una superposición de mundos y estos mutan. Primero somos solos. Luego –en general- somos con otro/a, somos con los hijos. Los mundos, al igual que cada partida de ajedrez, se reconfiguran en cada movimiento, todo el tiempo, a no ser que no vivamos –o juguemos-. Y vuelvo a lo mismo: hacer lo mejor que podemos con las piezas que hay.

Por último, una aclaración fundamental. En estas vacaciones elegí jugar al ajedrez con Alfo porque con niñas de 7 y 9 años, la siesta no era una posibilidad. Y la ajedrez, que a priori era cero atractiva, terminó ganándonos la simpatía de todas.

Por Carolina Anastasiadis

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