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Mi cuarto puerperio

No sabía cómo iba a ser el parto. Solo tenía la certeza de que iba a ser bueno. No había planificado nada de qué hacer con mis hijos más grandes, sentía que de alguna forma todo se iba a acomodar al momento de que el bebé decidiera nacer. Confianza, sentía confianza en la vida, en el desencadenamiento inteligente de las situaciones, en que todo iba a estar bien.

Y así fue. El día que me sentí un poco “rara” armé los bolsos y nos fuimos de casa avisándole a mis padres para que vengan a cuidar a los niños. No hubo un sobresalto. Un ratito antes de llegar al hospital me di cuenta que las contracciones eran las de parto y a los pocos minutos de estacionar, nacía mi bebé, en el primer pujo, acompañada de un grupo de enfermera, partera y médico que no pudo ser más amoroso conmigo y la situación.

Las primeras horas fueron mágicas. Nos habíamos preparado para esa gran fusión emocional, sin paredes, piel con piel.

El posparto es otra historia. Otro cuento de verdad. Porque cuando el hechizo desaparece y se asoma la realidad, nos podemos sentir sobrepasadas y añorar esos primeros días de ternura y de lluvia de hormonas amorosas, esas que despiertan los sentimientos más nobles hacia el bebé y hacia todo lo que nos rodea.

La llegada a casa tiene esa mezcla de emociones indescifrable. Un cóctel molotov, por un lado felices, por otro, culposas, algo angustiadas tal vez, y seguro con la sensibilidad a flor de piel. Los hijos que quedaron parecen nuevos gigantes. Y vos trasformada en no sé qué, desconocés por completo tu nueva identidad. Cada nacimiento nos transforma de pies a cabeza, aunque en mi caso se trate del cuarto. También cambia la familia que empieza la búsqueda de un nuevo orden. Y en esa despedida de la estructura anterior, pueden surgir crisis individuales y colectivas de todo el equipo familiar.

¿Cómo sostener a todos en sus desregulaciones emocionales si ni siquiera me puedo regular a mí misma? ¿Cómo transmitir que ya no puedo ser soporte de nadie hasta que me restaure un poco por lo menos?

Acá el hombre tiene en sus hombros el enorme trabajo de involucrarse en lugares que a veces no le quedan muy cómodos. No tanto por biología sino por aspectos culturales que lentamente tienden a cambiar o al menos cuestionarse. Esta nueva dimensión puede transformarse en una oportunidad también para su deconstrucción. Para desarrollar la sensibilidad, la sintonía con los demás, el cuidado por los más vulnerables y dejar por un rato su costado más masculino, ese que invita a la acción.

Solemos subestimar el puerperio. En el imaginario colectivo creemos que solo dura 40 días. En la realidad, dos años por lo menos. Un bebé depende 100% de su mamá. Una mamá depende 100% de su hijo. La biología lo pensó todo para que el bebé y la mamá estén en proximidad. Después la vida moderna, los tiempos vertiginosos, las millones de tareas y actividades, buscan sucedáneos que nos reemplacen. Chupetes, memas, nonis, etc., etc. No está mal. Soy gran consumidora de estas cosas. Pero la verdad es que estamos constituidas para permanecer cerquita.

Cuesta. Claro que cuesta. Por momentos veo que el mundo sigue girando para todos menos para mí que estoy sumergida en una pausa indeterminada en dirección opuesta. Pero con esfuerzo vuelvo y acepto la invitación a quedarme que me hace mi bebé. Invitación a permanecer, a echar raíces. A tomar consciencia, a ganar en perspectiva. Cuando logro habitar esa pausa, puedo sentir las sensaciones más lindas que hay, de compasión, de amor hacia todo y hacia mí misma, de confianza en la vida.

Vivir en familia y recibir a un nuevo integrante es un movimiento de lo más complejo, implica mucha flexibilidad, adaptación, regulación emocional y gran generosidad. Caminar sola en esta vida puede ser más sencillo, no hay que negociar con nadie y una puede hacer las cosas a su manera con total libertad. Pero transitar la vida en familia -y más cuando está en proceso de crecimiento- puede transformarse en un camino de aprendizaje y autoconocimiento de lo más interesante. No solamente para una, para todos los integrantes. Lo digo con propiedad.

Por Federica Cash

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