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Una Mamá en tiempos de coronavirus

Me lavo las manos, desinfecto el teclado y con un alcohol en gel al lado del mate escribo este post. Esta vez no pongo música. Con mis hijas sin colegio, en una casa pequeña, ruido más ruido solo aumenta el caos. “Mamá, en los campamentos, ¿dónde se baña la gente y dónde hace pis?”, pregunta Alfonsina (de 6 años), totalmente desnorteada ante tanto cambio, pensando escenarios posibles a un tipo de vida que ella, por su corta edad, jamás da por sentada. No entiende mucho. Hasta ayer “la vida” era ir a clase 8 horas, club un par de veces a la semana, parque y amigos. Hoy la vida diaria es en casa, no sabemos hasta cuándo y ningún berrinche cambiará la situación. Ni suyo ni mío. Así que acepta, con la sabiduría de quien no hace juicios sobre lo mejor o peor –porque tampoco depende de ella decidir otro escenario-, porque vive en el ahora y ahora mismo puede respirar, jugar, comer y estar con su hermana y sus papás. Ni siquiera pediría más.

Hace 5 minutos mis hijas están bastante controladas. Agradezco. Fran terminó un tomate y me pregunta qué pasa si los tomates se acaban. “Tranquila gorda, el súper está abierto –aun-, aunque lo ideal es no ir”. Es fan del tomate, lo come cual golosina y le preocupa. Cada una con una preocupación acorde a sus intereses, micromundos y consciencia. Así estamos todos. Yo preocupándome por la salud de las abuelas, cuidando a las niñas que ya sabemos pueden ser virus con patas, tratando de cumplir en lo que puedo con lo laboral –a distancia-, y con culpa de nunca estar usando el tiempo en todo lo que podría; de que se me estén escapando oportunidades. Mamá me llama por teléfono tras mandarme 7 whatsapp alarmistas durante la mañana. Está en la edad de riesgo, entenderán. Y aún no conoce el concepto de fake news, de que 24 horas de noticias solo aumenta la paranoia. Pero la quiero. Gracias mami por estar.

“Yo soy la mamá, vos sos la enfermera; y Sasha está enferma. Ahora te llamamos y vos venís con el alcohol”, siento bajito. Es Alfonsina, la mayor, dándole órdenes a la hermana. Estornudo –en el antebrazo-, ya incorporé algunos hábitos y esto recién empieza. Fran se revela y se pone a cocinar para Sasha. No quiere ser enfermera.

Van dos días de cuarentena trabajando en casa y tengo sentimientos encontrados. Más oscuros mientras más pienso a corto plazo (¿qué hago con las cuentas? ¿qué pasa si no puedo hacer tal trabajo?); más agradecidos cuanto más consciencia tomo de la esencia real del asunto, de los aprendizajes que todos estamos tomando y de lo que puede significar este tiempo en el largo de una vida. Cuando subo hasta ese nivel, me doy cuenta que es tiempo de hacer cosas que nunca puedo hacer y que me llenan la vida –algo más significativo en esa misma línea de tiempo en donde el coronavirus será solo un momento difícil- .

Ayer sacamos alfombra, mesita, sillas, corrimos sillones e hicimos una gran clase de yoga vía youtube en el medio del living. Es cierto que duró 25 minutos y el día tiene unos cuantos minutos más, pero es algo que no hacemos un lunes de marzo a las 3 pm por lo general. Y en el fondo, o no tan en el fondo, me sentí agradecida.

Hoy decidimos reciclar. Hace unos días Alfo encontró una tabla de madera con tornillos tirada en el parque y esta mañana la transformamos en perchero para las mochilas. A las 9.30 am salimos al balcón (otra cosa que agradezco enormemente porque gracias a eso, el encierro es semi encierro) y, túnica mediante, la pintamos. Preparar el piso, para que el desastre no fuera tal nos llevó unos minutos, les recogí el pelo con especial atención para evitar tener que salir a la ferretería en busca de agua ras para pelos, y todo, absolutamente todo, en esto de tener que hacer que el tiempo pase, lo hicimos con especial atención. Y ahí LAS VI. Pero las vi. De verdad.

Sigo escribiendo y las sigo escuchando, van por el tercer juego. Agarraron ropa chiquita de Fran que teníamos para regalar y están disfrazando a los muñecos. Vale. Es gratis. Las entretiene. El tiempo sigue pasando. Después ordeno.

Es cierto también que se me dificulta prender la compu sin tener a mis hijas arriba y que de a ratos me fastidia tanta demanda. No saber cuándo esta locura se acaba. No poder pensar dos ideas seguidas sin un “mamáaaaa, ¿me ayudás a buscar la tarjetita que perdí?” “mamáaaa, ¿me traés agua?” “mamáaa…(fill in the blanks)”. Pero respiro. Al final, ¿cuántas veces nos va a pasar en la vida que nos digan que debemos  estar en casa con nuestros hijos 24 hrs. del día y que estamos excusados de todo lo demás?

Hace unos años leí a Carl Honoré, el escritor de Elogio de la Lentitud. En un momento, hablando de los beneficios de andar lento por la vida para captarla en una dimensión más vertical y profunda, él decía algo así como que “nadie en su lecho de muerte pide más horas en la oficina o haber hecho más dinero; todos añoran y darían cualquier cosa por pasar más tiempo con sus seres queridos o haciendo aquello que los apasiona”. Y en definitiva, estamos en la vida inmersos en un mundo capitalista –necesario, claro, todos tenemos que comer y pagar cuentas-, pero tan, tan inmersos, que nos olvidamos de lo esencial, que es todo aquello que queda cuando el dinero ya no puede comprarnos vida. Vínculos, relaciones, amor, pasión, lo que nos hace vibrar y sentir algo calentito adentro nuestro. Lo que hace que nos sintamos vivos, eso por lo cual quisiéramos que la vida no se acabara nunca. Todas cosas que no se pueden comprar con dinero pero para las cuales necesitamos tiempo. Entonces, cuando evito la consciencia del corto plazo, me siento agradecida.

Porque a pesar del encierro –que también lo padezco, ¡entendámosnos!- acá hay un regalo valioso de tiempo… para hablar, jugar, escucharnos, mirarnos. Que no solo es importante sino que es lo que nos queda. Podemos hacer berrinches, pero el virus seguirá andando. Hay inquietud. Hay incertidumbre económica que genera miedo, pero todavía podemos respirar. El sol sale y la vida sigue sosteniendo, como un río en el que vamos todos. Tal vez ahora estamos en uno de esos recovecos, con dificultad de ver la salida, pero el río, como el agua y la vida, es sabio. Ya encontrará por dónde seguir. Porque si hay algo SEGURO, pero muy SEGURO de este coronavirus es que, como todo –lo bueno y lo malo- esto TAMBIÉN PASARÁ.

Por Carolina Anastasiadis

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